lunes, 5 de octubre de 2009

El largo exilio de la tía Emilia

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El largo exilio de la tía Emilia

La Nueva España

La familia de Emilia y Petronila Falcón, dos «niñas de la guerra» refugiadas en Rusia, revive la historia de las dos hermanas al conocer que una de ellas aún vive en Siberia

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Leticia PRADO

Las buenas noticias han llegado al barrio gijonés de Portuarios. María del Mar Bouzas Falcón acaba de descubrir que su tía Emilia, hermana gemela de su madre, una de las «niñas de la guerra» que salió de Gijón en 1937 -y a la que ella daba por desaparecida-, aún vive, aunque a miles de kilómetros de la ciudad que la vio nacer. Han pasado casi dos décadas desde el fallecimiento de Petronila Falcón, la madre de esta gijonesa, y a ella se le llenan los ojos de lágrimas cada vez que mira la foto actual de su tía Emilia, cuya historia como exiliada -incluida su foto- se recogía hace escasas fechas en un reportaje periodístico nacional. Sólo un pensamiento invade la mente de María del Mar mientras otea la ciudad desde los ventanales del bar donde trabaja, en lo más alto de este barrio de pescadores: «Es como si mi madre estuviese viva. Sé que no es ella, pero no puedo dejar de impresionarme», dado el parecido físico que siempre tuvieron las dos gemelas. La historia de Emilia y Petronila, las dos hermanas, cogió tintes muy duros cuando el Gobierno de la República las incluyó en el grupo de mil menores evacuados de España junto a sus maestras.

Eran los «niños de la guerra», cuyo destino estaba en la Unión Soviética. María del Mar recuerda las miserias que su madre les contaba de sus años en la URSS. «Se fueron en barco hasta Leningrado y allí se instalaron en una especie de campamentos con barracones de madera. Tenían clases de ruso y español, porque nadie quería que estos niños perdiesen sus costumbres y su lengua materna. Pero se tenían que desplazar cada poco y cuando allí empezó la II Guerra Mundial la situación fue todavía más trágica».

Los fríos inviernos, las épocas de hambre, los primeros trabajos... Todas las anécdotas que Petronila relataba a sus tres hijos sirven para reconstruir también el pasado de Emilia, la tía de María del Mar. «Yo era muy mala comedora, pero mi madre siempre me convencía para que me lo terminase todo cuando me contaba cómo se alimentaban ellas. Por ejemplo, siempre recordaba que muchos días tenían que comer ratas. En otra ocasión, en uno de sus viajes en tren, iban las dos en un vagón lleno de pipas. El trayecto duró días y se atiborraron con las semillas».

La tía Emilia se casó muy joven, a los 17 años, y no tardó en formar una familia. Ahora, del millar de «niños de la guerra» refugiados en la Unión Soviética, Emilia es la que reside más alejada de su país natal. La madre de María del Mar no tenía nada que la retuviese en el país soviético y a los 26 años volvió a España. Fue una de las primeras refugiadas en regresar. Pero después de dos décadas en un país comunista las autoridades españolas la retuvieron varios días en la frontera. Corrían los años cincuenta, España estaba en plena dictadura franquista y lo que intentaban era evitar la llegada del comunismo a la Península. Si entrar en España era difícil, conseguir el visado para viajar a otros países era imposible.

Por eso tuvo que ser Emilia la que visitase a su hermana en Gijón. Lo hizo un par de veces antes de que Petronila falleciese. El viaje para Emilia suponía mes y medio de desplazamiento: dos semanas de ida, quince días de vacaciones en Gijón y otras dos semanas de vuelta hasta la ciudad uzbeka de Samarcanda, en donde Emilia vivía con sus tres hijos y su marido hasta que éste los abandonó. María del Mar cuenta que su tía y sus primos llegaban a la ciudad sin apenas dinero y quedaban impresionados con todo lo que veían. «Mi primo el mayor no había visto nunca el mar. Cuando vino la primera vez quedó alucinado con las olas y, a pesar de que era pleno invierno, estuvo sin moverse de la escalera 2 un rato bastante largo. Mientras nosotros temblábamos de frío él chorreaba y ni lo notaba. Era feliz».

Las gemelas mantuvieron el contacto a través del correo a pesar de los más de 17.000 kilómetros que las distanciaban. Petronila recibía por lo menos una carta al mes en donde la tía de María del Mar contaba las pésimas condiciones de vida que perduraban en el país comunista. Las cartillas de racionamiento que aún funcionaban a finales de los setenta o el bajo valor de las cosas que les hizo vender su casa de Uzbekistán por algo más de 1.500 euros son algunas de las razones por las que esta vecina gijonesa considera que su tía emigró a Siberia, en donde han localizado su actual residencia. María del Mar no sabe hablar ruso.

Después de la muerte de su madre tuvo que pedirle a una de sus amigas, también «niña de la guerra», que escribiese la dirección de Emilia en los sobres para que no hubiese ningún error y las cartas llegasen con total seguridad. La gijonesa mantuvo la correspondencia durante casi un año y medio. Pero después no volvió a saber más de su tía refugiada. Ella es la única vía que María del Mar tiene para mantener el vínculo con su familia materna, ya que su abuela sólo tuvo a las gemelas. «Si volviese a Gijón sería como tener a mi madre en casa otra vez. Las dos estaban muy unidas y parecían mantener ese vínculo invisible que caracteriza a los gemelos: mismo corte de pelo, misma letra, las dos tuvieron tres hijos? Mi hijo no conoció a mi madre, así que le he dicho que mire la foto actual de Emilia y sabrá cómo sería hoy su abuela».
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Los niños de Rusia.
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