
El gallego José María Meirás fue durante la Guerra Civil el oficial más joven, en su calidad de capitán, tanto en el bando franquista como en el republicano, por el que luchó. Tras combatir en casi todas las grandes batallas y tener que exiliarse en Francia, de donde se fugó de un campo de concentración, Meirás fue detenido al regresar a España y condenando a 30 años y un día de cárcel. Una conmutación de su pena le llevó al Alto Aragón, donde conoció a su esposa y se quedó en Ayerbe.
José María Meirás. | PABLO SEGURA
MURILLO DE GÁLLEGO.- El 19 de julio de 1936, dos días después de la sublevación franquista contra el Gobierno de la República salido de las urnas, José María Meirás, gallego afincado en Ayerbe, entraba en combate por primera vez. Fue en el Alto de los Leones de la madrileña sierra de Guadarrama, un lugar que ya había visto combates entre las tropas franquistas y miembros de las Juventudes Socialistas Unificadas. Todavía hoy, su bautismo de fuego a los 16 años sigue siendo uno de sus recuerdos más presentes, tanto de la contienda como de su vida. "Cuando retomamos la posición, encontramos que a esos jóvenes les habían amputado los testículos y las orejas. Los veteranos los tuvieron que desenterrar", recuerda a pocos metros de la fosa de Murillo de Gállego donde el pasado jueves se desenterraron los restos de los republicanos fusilados Juan Coronas y Ramón Lacasta.
Meirás combatió en las batallas más importantes de la Guerra Civil: Guadarrama, Somosierra, Guadalajara, el Jarama, las tierras del Ebro o Teruel fueron algunos de los escenarios que pisó Meirás como soldado republicano, "en casi todos ellos a las órdenes de Manuel de Tagüeña", que al acabar la guerra se exilió en la URSS, donde combatió contra los nazis en la II Guerra Mundial.
De esas contiendas, recuerda especialmente la de Teruel, a la que califica de "la batalla de Verdún española", en referencia a la más sangrienta de la I Guerra Mundial. Además, destaca el arrojo del bando "que defendía la legalidad democrática: lo que a nosotros nos costó tomar ocho días, ellos tardaron cuatro meses en recuperar el terreno".
Pero, finalmente, la República cedió la capital turolense y comenzó la ofensiva del Ebro. Tras participar en la fallida defensa de Barcelona, Meirás tuvo que huir con los restos del Ejército Republicano hacia Francia, en lo que fue "una desbandada hasta llegar a la frontera".
En Francia, lo internaron en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, junto a otros muchos refugiados. De allí escapó y se refugió en Bélgica hasta el estallido de la II Guerra Mundial.
Durante ese periodo, su madre, que había perdido a su marido y a dos de sus hijos durante la Guerra Civil, "no sabía si estaba vivo o no, porque, si le enviaba una carta, la Gestapo me detenía".
Finalmente, cruzó la frontera para reencontrarse con su madre, pero fue apresado y condenado a 30 años y un día por ser capitán del Ejército Republicano. La pena sería conmutada con el paso de los años por una amnistía, que le llevó a tierras altoaragonesa, donde conoció a una mujer de Ayerbe de la que se enamoró y con la que se casó, estableciéndose en la villa altoaragonesa hasta la actualidad.
O. ISARRE Diario del Alto Aragon
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