domingo, 4 de julio de 2010

«La muerte era algo cotidiano»

Por más películas que se filmen, por más libros que se escriban, nada es equiparable a la memoria, a la experiencia en primera persona, al recuerdo que te persigue implacable hasta la tumba. Luis Estañ y Francisco Aura ya han cumplido los 90 años y aunque haga ya 65 del final del espanto, de su paso por los campos de concentración nazis, de una pesadilla, real como la vida misma, que se extendió durante casi un lustro, no consiguen dar esquinazo al recuerdo. «Eso no se olvida nunca. Él vive cada día con eso a cuestas». «Él» es Francisco Aura y quien le alude es su hija Carmen, aquella niña que hasta «los 10 o los 12 años» no fue consciente de la vivencia que marcó para siempre a su padre.
Luis Estañ fue incapaz de adivinar su destino aquel gélido 22 de enero de 1941, el día que fue metido a empujones en el vagón para el ganado de un tren que tenía como destino el peor lugar del mundo: Mauthausen, 'el campo de no volver'. Ese día dejó de ser un hombre para convertirse en algo mucho peor que un esclavo. Ese día dejó de ser Luis para pasar a ser 4375. Ese día su vida se depreció de tal forma que la muerte le acechó hasta mayo de 1945, el final del tormento. «Mi padre pensaba cada día que el mañana podía no existir, que en cualquier momento se podía cruzar con un nazi que, por el simple hecho de caerle mal, te podía pegar un tiro», explica Segismundo, uno de los hijos de Luis Estañ.
Los hijos de Estañ y Aura recogieron ayer en Valencia la placa que les entregó Serafín Castellano, conseller de Gobernación, en nombre de todos los partidos políticos. Los protagonistas, nonagenarios ambos, no tienen salud suficiente para viajar. Luis, 94 años, se quedó descansando en Callosa de Segura. Igual que Paco, 92 años, que permaneció en Alcoy. Ellos son los únicos supervivientes valencianos del Holocausto que siguen con vida.
Otros valencianos notorios
Gracias a otro valenciano, Casimiro Climent, se salvó la documentación que ha permitido averiguar cuántos españoles, unos 9.500, y valencianos, más de 700, vivieron en el infierno nazi. Adrián Blas Mínguez, un documentalista que en otoño publicará el libro 'Gusen, cementerio de los republicanos españoles', una autoridad en la materia, descubrió que el primer tren que llegó a un campo de concentración con niños y mujeres estaba lleno sólo de republicanos españoles.
Este historiador conoce muy bien a Estañ y Aura. Del segundo asegura que le salvó la vida el valenciano más notorio que pasó por un campo de concentración del III Reich, César Orquín, quien tuvo a sus mandos un destacamento formado por 400 hombres, a quien obedecían hasta los 'kapos'. «Una vez, Paco Aura fue sorprendido metiendo el dedo en un frasco de azúcar o mermelada, Orquín le dio un bofetón que lo desplazó cinco metros, pero ese tortazo, indudablemente, evitó su muerte».
Mauthausen y Gusen fueron los campos donde llegaron casi todos los españoles arrestados en Francia, adonde habían huido de España al final de la Guerra Civil. Muchos se alistaron en el ejército francés, pero cuando cayeron en manos de los alemanes ni el mariscal Petain los reconoció como soldados ni Franco los identificó como españoles. Se convirtieron en apátridas y esa fue su condena. «En Mauthausen y Gusen», aclara Mínguez, «no morían en las cámaras de gas, lo hacían cuando ya no les quedaba ni un ápice de energía».
La muerte siempre rondaba por Mauthausen y Gusen, en Austria, donde vivían confinados cientos de valencianos como Aura y Estañ, el único español que sobrevivió a Gusen. «Mi padre pensaba cada segundo que podía morir. La muerte era algo cotidiano allí, algo que estaba a la orden del día. Él y el resto eran marginados, no eran personas, perdieron hasta la condición humana», transmite Carmen Aura, una de las tres hijas de Paco, el preso 4208, el hombre que aún recuerda cómo le hacían trabajar en la cantera en pleno invierno, a 20 grados bajo cero, con unos zuecos y un saco como vestido.
Pero ambos rehicieron su vida y ahora envejecen tranquilos en Callosa de Segura y Alcoy, donde aún les quedan fuerzas para dar lecciones de humanidad, como revela Carmen Aura. «Lo que más me llama la atención es que mi padre no siente odio, sólo espera que esto no vuelva a repetirse nunca jamás».