
La estructura cúbica y las placas en memoria de los republicanos, diseñadas por Fernando Bayo y Miguel Ángel Arrudi. (FOTO: David de Haro)
ALGO en Zaragoza huele a memoria. Tal vez sea el perfume de lastrece rosas -trece jóvenes fusiladas por el franquismo en Madrid-, en cuyo recuerdo se erigió un centro de inserción social en la ciudad. O tal vez sea el efluvio de la Plaza de la Memoria Histórica. La que pide no olvidar. Incluso la cárcel de Torrero parece menos ominosa, tras haber conservado su parte neomudéjar y haber visto cómo derribaban en simbólico día -el 18 de julio (al igual que el golpe de Estado de 1936) de 2005- su estructura restante. Una prisión para los opuestos al régimen ligada a la fatalidad: el 5 de noviembre de 1937, fue víctima de un bombardeo de los propios republicanos. Y, entre 1936 y 1946, pasaría a surtir de prisioneros a la tapia del cementerio del mismo nombre. Aquella donde el régimen fusilaba a sus opositores. Un camposanto que ha sido reconvertido para honrar la memoria de los 3.542 reos que perdieron la vida defendiendo las libertades.
Unos reclusos que ahora son recordados con una estructura cúbica y con una espiral compuesta por 3.542 placas, que muestran sus nombres y apellidos -en los casos en que ha sido posible la identificación-, y la fecha de su muerte. Un complejo diseñado por el escultor Miguel Ángel Arrudi y el arquitecto Fernando Bayo, y que comparte escenario con la cruz y la capilla de los caídos del bando de los nacionales, configurando un recorrido histórico de valor didáctico para el visitante. Sin embargo, la soledad de la zona franquista contrasta con la afluencia del espacio republicano. Quizás sea porque permanece en obras. La parte trasera de la cruz, no obstante, ha recibido más de un ramo de los que han decidido no esperar a la reconstrucción para hacer sus ofrendas. Los trabajadores, mientras tanto, degustan sus bocadillos en el receso a la sombra de la voluminosa estructura. Dicen que la están acondicionando. Nada más.
LA VISITA El viaje a Zaragoza ofrece como primera tarjeta de visita el tráfico fluido, que comienza a saturarse en las inmediaciones del camposanto. ¿Casualidad? No. Bajar la ventanilla y preguntar al vecinosobre la ubicación del memorial basta para constatar hacia dónde se dirigen. "Voy allí. Síganme", responde ufano uno de los conductores. Nada más llegar, la ruta se revela imponente. Quien quiera disfrutar del paraje a pie habrá de tomarse su tiempo. Como el que invirtieron ayer varios familiares de víctimas republicanas. Recorrían la espiral emocionados, dejando flores y fotografías a su paso. Invocando el recuerdo de sus allegados. Comunicándose con ellos mediante mudas caricias a las placas, confiando en que llegaran a su destinatario, fusilado en una tapia que aún conserva impactos de bala.
Bayo explica a DEIA el significado de su obra. Una espiral símbolo de vida, muerte y reconocimiento. Una carga espiritual en un paseo amable jalonado por flores aromáticas y un suelo blando, con placas individualizadas. El cubo del centro, de color rojo, representaría la sangre y la violencia. El cubo roto de la guerra. El origen del sufrimiento -de ahí su ubicación central-, del que parte la espiral de muertes. "El homenaje fue muy emotivo. Las víctimas han sido dignificadas. Estoy contento por haber participado", recalca. Una alegría que comparten los asistentes. De uno de los monolitos, el de María Samitier Uriel, pende un mensaje. "Hola Maxi. 74 años para saludarte... Mucho tiempo, ¿no te parece? Tu hermano Pedro sigue ausente. Tus sobrinos Floreal y Libertad".
Uno de los visitantes, Eusebio, explica a este periódico la historia de su tío José Ruiz González. Dos veces fusilado. La primera de ellas, el disparo de los franquistas lo dejó malherido. Pero vivo. Los rebeldes le dieron por muerto. Por ello pudo emprender su heroica huida, por la orilla del río, hasta Muel, para refugiarse en su casa. Sólo pudo disfrutar de una semana más de vida. Los constantes rumores en el pueblo y algún delator condujeron nuevamente a su puerta a los sublevados. Su segundo disparo no falló. Tampoco fallaron los disparos que recibió en la batalla del Ebro el hermano de Mariana, reflexiva en el monumento ubicado en la fosa de las víctimas, que muestra la escultura de dos hombres que cargan con un compañero muerto. No sabe de política. Lo único que sabe es que perdió a su hermano.
El ceramista Fernando Malo también tiene su historia. Concretamente, tres. Dos de ellas, las del padre y el tío de su madre -Miguel José Alcrudo Solórzano (52 años) y Moisés Augusto Alcrudo Solórzano (46 años)-, conocidos libertarios. El abuelo de Malo, ginecólogo y asiduo escritor en varios periódicos, fue fusilado en su cumpleaños. También tiene presente la historia de José Maurel Puyol, tío de su padre. El único pecado del pintor fue silbar la internacional. "Mis padres han conseguido descansar. El memorial es un espacio muy digno", elogia.
Trinidad Velilla, por su parte, se afana en colocar rosas para su bisabuelo Manuel Marín Fraguas. Admite que no ha dejado acudir a su madre, demasiado afectada. Manuel era un comerciante de ideas republicanas, pero sin ningún tipo de actividad política. Era liberal, como la madrina de la madre de Trinidad, fusilada junto a su marido, dejando sola a una niña de nueve años. Tras agradecer el reconocimiento, no ve inconveniente en la presencia de la cruz de Franco: "Habría que unificarlos a todos, porque todos son muertos. Los que estaban en el bando franquista defendieron lo que les tocó. Parte de la memoria consiste, además, en decir que todos fueron muertos, huérfanos y viudas".
MÍRIAM VÁZQUEZ

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