ANTONIO Aramayona 02/12/2011
Una
gigantesca cruz de 150 metros de altura, cuyos brazos miden 46 metros,
es visible a decenas de kilómetros de distancia del Valle de los Caídos.
Allí están hoy enterrados J.A. Primo de Rivera, fundador de Falange española, y el general golpista y dictador hasta su muerte, Francisco Franco,
quien mandó construir ese monumento de estética y significado netamente
fascistas. Allí están sepultados decenas de miles de españoles
(centenares de ellos sin el consentimiento de sus familiares), muertos
en una delirante y criminal guerra civil, que terminó con la democracia y
la República española.
Decenas de miles de prisioneros
republicanos trabajaron allí con el obligado señuelo de la redención de
penas (¡penas por cometer el delito de defender el orden
constitucional!), excavaron 200.000 metros cúbicos de roca, sufrieron y
murieron, para que los vencedores erigieran una basílica de 262 metros
de longitud, regentada (cómo no) por monjes de la SICAR (Santa Iglesia
Católica Apostólica Romana). Allí está enterrado desde 1975 el criminal
mayor, el "sapo iscariote", como escribió León Felipe Camino. También allí se congregan cada 20-N los nostálgicos de la barbarie.
El hasta ahora ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui,
ha rogado que no se meta en un cajón un informe elaborado por unos
peritos, donde se propone una reconversión del Valle de los Caídos en un
"centro de meditación" y de "memoria reconciliada". Los que se van han
tenido ocho años para hacer lo que no han hecho. Los que vienen dicen
que hay asuntos más urgentes en España, lo cual, además de ser verdad,
anuncia que no tienen la menor intención de hacer algo. La SICAR, como
siempre, no sabe/no contesta: Rouco Varela se limitó a retirar sin más explicaciones de la comisión a su obispo representante.
Franco
decretó la construcción del Valle de los Caídos para "...perpetuar la
memoria de los caídos de nuestra gloriosa Cruzada (...), los heroicos
sacrificios que la Victoria encierra y la trascendencia que ha tenido
para el futuro de España esta epopeya". El Valle de los Caídos es un
monumento del fascismo y la dictadura, que nadie venga con desodorantes y
maquillajes, pretendiendo cambiar lo que no debe ser cambiado.
Eso me recuerda la visita que realicé a inicios de los 70 al campo de
concentración de Dachau, aprovechando que pasaba por una carretera
secundaria del norte de Baviera muy cercana del campo. Dachau era y
sigue siendo un inequívoco lugar para la memoria de la brutalidad nazi,
sin más aditamentos. En Dachau no hay nada ni nadie que reconciliar,
sino solo que ver, mirar, recordar y quedar sumido por unas horas en el
horror y la zozobra. Dachau, como Treblinka, Mauthausen, Auschwitz y
tantos otros campos de concentración, están conservados para mantener la
memoria nuda, sin edulcorantes ni moralinas.
Hay quien ha
pedido colaboración para tal "reconversión" del Valle de los Caídos a la
SICAR, la mayor suministradora de la ideología que mantuvo al régimen
fascista del bando rebelde. ¿Habrá leído alguna vez, por ejemplo, la
"Carta Colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero"
de 1937? ¿Cómo pedir colaboración para reconciliar al pueblo a quienes
justificaron un levantamiento militar contra la legalidad constituida, a
quienes condenaron en vida y a muerte a decenas de miles de seres
humanos en nombre de su cruzada contra el comunismo, el judaísmo y la
masonería?
El Valle de los Caídos es un monumento fascista,
construido desde y por el nacionalcatolicismo, que aspira a ser por
decreto lugar de "memoria reconciliada" en un país donde la verdadera
memoria ha sido negada y obstruida. Hace escasos meses la oposición tuvo
que exigir aún que Millán Astray deje de ser definitivamente
"hijo predilecto" de A Coruña. ¿Es eso memoria reconciliada? Quien
propugne asimismo memoria reconciliada, puede ir denunciando el
Concordato de 1953 --jamás derogado-- y los Acuerdos de 1979 entre el
Estado español y el Estado del Vaticano, pues solo puede conseguirse un
marco real de convivencia entre todos los ciudadanos españoles sobre la
base de una democracia real y de un Estado aconfesional y laico.
El Valle de los Caídos debe quedar como está, con su mastodóntica cruz y
sus basílicas y grutas, como monumento a la barbarie y el fanatismo.
Así, los hijos de nuestros hijos y los nietos de nuestros nietos tendrán
ocasión de ver con sus propios ojos lo que nunca se debe ser, lo que
jamás debe hacerse y consentirse.
Profesor de Filosofía
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