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El Ayuntamiento abrirá la fosa del cementerio si lo piden los familiares
El alcalde acepta, si median solicitudes, asumir una investigación previa sobre los represaliados, y la ARMH exhumaría los restos si hay garantías de localizarlos
06/03/2010 maite almanza | astorga
Las claves: las obras y el osario
«No creo que haya ningún problema para abrir la fosa y comprobar si siguen allí los restos, si lo piden los familiares». Con estas palabras valoró el alcalde de Astorga, Juan José Alonso Perandones, la posibilidad de intervenir sobre la fosa común del cementerio que en su momento, según diversos testimonios, fue utilizada como lugar de enterramiento de represaliados por la guerra civil. El regidor tampoco puso impedimentos para cumplir, si median solicitudes de descendientes de víctimas de la represión, otro de los requisitos que plantea la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) de cara a una eventual exhumación que impulsaría la entidad: la realización de una investigación previa sobre los represaliados que pudieron haber estado sepultados en la fosa y sobre si ésta se ha visto alterada en algún momento por obras en el camposanto.
Respecto a la posibilidad de que fuese el propio consistorio el que abordase la exhumación de los restos, Perandones mostró sus dudas de que esta medida fuera viable, teniendo en cuenta las consideraciones legales que acarrea.
«Un ayuntamiento no tiene por qué asumir una exhumación, casi ninguno lo ha hecho», indicó ayer Santiago Macías, vicepresidente de la ARMH, que ya abogó por una intervención en la fosa sólo si la entidad cuenta con todas las garantías de que va a localizar restos de represaliados previamente identificados en una investigación documental.
Esperanza. Macías consideró que la postura del Ayuntamiento de Astorga abre una vía a la esperanza de los familiares, pero solicitó como primer paso la elaboración por parte del consistorio de un dossier en el que consten nombre y apellidos y lugar de procedencia de los enterrados en la fosa, así como la fecha de su inhumación. «Es importante saber si hay grupos de víctimas que fueron enterradas el mismo día», aclaró.
Macías también demandó que el Ayuntamiento, recurriendo a documentación de carácter municipal, compruebe si la zona de la fosa ha sido sometida en alguna ocasión a obras que la pudieran haber alterado y pudieran haber implicado el traslado o manipulación de los restos. «Una vez hecho todo esto, se sabrá qué se puede hacer. Conociendo el listado y la procedencia de las víctimas nosotros informaríamos a los familiares», indicó el vicepresidente de la ARMH, que matizó que muchos de ellos desconocen que los restos de sus ascendientes pudieran estar en Astorga. Macías también consideró que esta investigación «debería realizarla el Ayuntamiento de motu propio, y a ello le obliga la ley de Memoria Histórica».
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domingo 7 de marzo de 2010
"La Guerra Civil en Asturias la hicieron los obreros"
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"La Guerra Civil en Asturias la hicieron los obreros"
La asociación Todos los nombres recopila los nombres de 20.500 víctimas de la represión franquista en Asturias
HENRIQUE MARIÑO - Madrid - 06/03/2010 21:30
"No se trataba de un ejército regular sino de grupos de obreros que salieron a morir sólo para luchar por la legalidad vigente. Murieron en combate pero no llegaron a ser soldados". Luis Miguel Cuervo hace el recuento de las víctimas de la represión franquista en su tierra y le salen unas 35.000 personas. De ellas, 20.500 ya están recogidas en Todos los nombres de Asturias, un proyecto surgido hace tres años que pretende recuperar las identidades de los represaliados por el Franquismo, pero también de los caídos en la lucha que cita al principio.
Un mero repaso de los nombres desvela precisamente que muchos fallecieron en combate, pero Cuervo insiste en que son tan víctimas como los paseados, los ajusticiados o los que dieron su último haliento entre rejas. "La Guerra Civil en Asturias la hicieron los obreros", asegura el presidente de la asociación homónima responsable de la recogida de los datos, que en su día se personó como acusación particular en la causa del juez Baltasar Garzón contra el franquismo por crímenes contra la humanidad.
La iniciativa —que se ha extendido a otras comunidades como Andalucía o Galicia, con su trabajo Voces e Nomes— recopila sus nombres y apellidos, edad, estado civil, profesión, nombre de los padres, lugar de nacimiento y residencia, fecha de la defunción y causa de la muerte. "La web nació con 5.000 nombres y ahora llevamos más de 20.000", explica Cuervo, aunque todavía faltan por añadir los de muchas víctimas, así como completar las fichas existentes. "En total, al margen de las cifras recogidas, calculamos que en total hubo más de 17.000 muertos en combate, 4.000 ajusticiados despues de ser sometidos a la farsa de los juicios franquistas (consejos de guerra, agarrotados o fusilados) y 12.000 paseados. Además, otras 2.000 personas perecieron por sus malas condiciones de vida en campos de trabajo, cárceles y batallones de trabajadores".
- Empezaron con 5.000 nombres y enviaron unos 17.500 a Garzón. ¿Cuántos esperan recopilar?
- Ahora tenemos 20.500, aunque nacimos con 5.000. Nos falta muchísimo, porque calculamos que hubo 35.000 víctimas. Hablamos de gente muerta en Asturias (nacida aquí o fuera) y de asturianos muertos en otras regiones españolas y en el extranjero.
- Al contrario que el estudio realizado en Galicia, que sólo recoge a los represaliados, ustedes incluyen a los muertos en combate.
- En Galicia no hubo Guerra Civil. En Asturias, sí, y duró 15 meses. Los órganos de poder y el Ejército quedaron en manos de los sublevados. Entonces hubo muchos obreros que salieron a defender a la República y murieron. Les hicieron frente, pero no eran militares sino milicias populares que defendían la legalidad vigente. No sería justo dejar fuera a la gente normal, que estaba en su casa tan tranquila y decidió proteger el régimen establecido.
- ¿Cómo se vivió el alzamiento nacional?
- Asturias tuvo que soportar una invasión desde Galicia y desde León. Fue parada por grupos de obreros, que sitiaron Oviedo, donde estaba concentrado el Ejército, y los cuarteles militares de Gijón. Los obreros hicieron un cerco en la capital durante 15 meses y conquistaron los cuarteles de Gijón, hasta que Franco se hizo con el poder. Pero nuestro estudio no se queda en esa época: llega a la Segunda Guerra Mundial y abarca a los que fallecieron en los campos de concentración nazis.
- Entre las víctimas en combate, además de los obreros, ¿no hubo militares?
- Los fieles a la República serían un puñado, unas pocas docenas. Más que nada, unos 150 guardias de asalto de Gijón y unos 250 carabineros que estaban por la zona de la costa, que fue fiel a la Republica. Y algunos comprometidos con ella, claro.
- ¿Tienen cifras de los desaparecidos?
- Hay dos tipos. Por una parte, los paseados, asesinados y enterrados en fosas comunes. Son unos 7.000 y, sólo en Gijón, hay 2.000 personas en una única fosa común; en la del cementerio de Oviedo, 1.400; en la de Turón (Mieres), 500; en Grado, 500, y luego hay cientos de ellas en Asturias. Por otra, habría que añadir que, cuando se desmorona el frente de Asturias, pasan por las armas a cientos de milicianos en las trincheras, que son tapados con tierra allí mismo. Las trincheras se van utilizando a lo largo de la represión franquista como fosas comunes. Se aprovechan para no tener que cavar.
- ¿Cómo surgió el proyecto, el primero en España, según ustedes?
- Empecé buscando datos familiares hace bastantes años. Cada vez que encontraba con algún fallecido, cogí la costumbre de apuntarlo. Cuando me di cuenta, tenía cientos de informaciones de personas fallecidas. La denominación Todos los nombres se va extendiendo y, ahora mismo, hay iniciativas similares en Andalucía, Valladolid, Galicia, Catalunya... Tenemos socios en toda España, alrededor de un centenar, así como una delegación en Francia, compuesta en su mayoría por descendientes de asturianos.
- ¿Cuándo darán por terminado su trabajo?
- Falta la última fase, cuando las familias completan la base de datos. Por ejemplo, una persona entra en la web, ve que en la ficha de su abuelo no consta el sitio donde nació y nos manda todo lo que falta. Nos está escribiendo bastante gente y, cuando lo completemos dentro de unos meses, publicaremos el listado en papel. Editaremos un libro a precio de coste para que pueda ser consultado por la gente mayor que no accede a Internet.
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"La Guerra Civil en Asturias la hicieron los obreros"
La asociación Todos los nombres recopila los nombres de 20.500 víctimas de la represión franquista en Asturias
HENRIQUE MARIÑO - Madrid - 06/03/2010 21:30
"No se trataba de un ejército regular sino de grupos de obreros que salieron a morir sólo para luchar por la legalidad vigente. Murieron en combate pero no llegaron a ser soldados". Luis Miguel Cuervo hace el recuento de las víctimas de la represión franquista en su tierra y le salen unas 35.000 personas. De ellas, 20.500 ya están recogidas en Todos los nombres de Asturias, un proyecto surgido hace tres años que pretende recuperar las identidades de los represaliados por el Franquismo, pero también de los caídos en la lucha que cita al principio.
Un mero repaso de los nombres desvela precisamente que muchos fallecieron en combate, pero Cuervo insiste en que son tan víctimas como los paseados, los ajusticiados o los que dieron su último haliento entre rejas. "La Guerra Civil en Asturias la hicieron los obreros", asegura el presidente de la asociación homónima responsable de la recogida de los datos, que en su día se personó como acusación particular en la causa del juez Baltasar Garzón contra el franquismo por crímenes contra la humanidad.
La iniciativa —que se ha extendido a otras comunidades como Andalucía o Galicia, con su trabajo Voces e Nomes— recopila sus nombres y apellidos, edad, estado civil, profesión, nombre de los padres, lugar de nacimiento y residencia, fecha de la defunción y causa de la muerte. "La web nació con 5.000 nombres y ahora llevamos más de 20.000", explica Cuervo, aunque todavía faltan por añadir los de muchas víctimas, así como completar las fichas existentes. "En total, al margen de las cifras recogidas, calculamos que en total hubo más de 17.000 muertos en combate, 4.000 ajusticiados despues de ser sometidos a la farsa de los juicios franquistas (consejos de guerra, agarrotados o fusilados) y 12.000 paseados. Además, otras 2.000 personas perecieron por sus malas condiciones de vida en campos de trabajo, cárceles y batallones de trabajadores".
- Empezaron con 5.000 nombres y enviaron unos 17.500 a Garzón. ¿Cuántos esperan recopilar?
- Ahora tenemos 20.500, aunque nacimos con 5.000. Nos falta muchísimo, porque calculamos que hubo 35.000 víctimas. Hablamos de gente muerta en Asturias (nacida aquí o fuera) y de asturianos muertos en otras regiones españolas y en el extranjero.
- Al contrario que el estudio realizado en Galicia, que sólo recoge a los represaliados, ustedes incluyen a los muertos en combate.
- En Galicia no hubo Guerra Civil. En Asturias, sí, y duró 15 meses. Los órganos de poder y el Ejército quedaron en manos de los sublevados. Entonces hubo muchos obreros que salieron a defender a la República y murieron. Les hicieron frente, pero no eran militares sino milicias populares que defendían la legalidad vigente. No sería justo dejar fuera a la gente normal, que estaba en su casa tan tranquila y decidió proteger el régimen establecido.
- ¿Cómo se vivió el alzamiento nacional?
- Asturias tuvo que soportar una invasión desde Galicia y desde León. Fue parada por grupos de obreros, que sitiaron Oviedo, donde estaba concentrado el Ejército, y los cuarteles militares de Gijón. Los obreros hicieron un cerco en la capital durante 15 meses y conquistaron los cuarteles de Gijón, hasta que Franco se hizo con el poder. Pero nuestro estudio no se queda en esa época: llega a la Segunda Guerra Mundial y abarca a los que fallecieron en los campos de concentración nazis.
- Entre las víctimas en combate, además de los obreros, ¿no hubo militares?
- Los fieles a la República serían un puñado, unas pocas docenas. Más que nada, unos 150 guardias de asalto de Gijón y unos 250 carabineros que estaban por la zona de la costa, que fue fiel a la Republica. Y algunos comprometidos con ella, claro.
- ¿Tienen cifras de los desaparecidos?
- Hay dos tipos. Por una parte, los paseados, asesinados y enterrados en fosas comunes. Son unos 7.000 y, sólo en Gijón, hay 2.000 personas en una única fosa común; en la del cementerio de Oviedo, 1.400; en la de Turón (Mieres), 500; en Grado, 500, y luego hay cientos de ellas en Asturias. Por otra, habría que añadir que, cuando se desmorona el frente de Asturias, pasan por las armas a cientos de milicianos en las trincheras, que son tapados con tierra allí mismo. Las trincheras se van utilizando a lo largo de la represión franquista como fosas comunes. Se aprovechan para no tener que cavar.
- ¿Cómo surgió el proyecto, el primero en España, según ustedes?
- Empecé buscando datos familiares hace bastantes años. Cada vez que encontraba con algún fallecido, cogí la costumbre de apuntarlo. Cuando me di cuenta, tenía cientos de informaciones de personas fallecidas. La denominación Todos los nombres se va extendiendo y, ahora mismo, hay iniciativas similares en Andalucía, Valladolid, Galicia, Catalunya... Tenemos socios en toda España, alrededor de un centenar, así como una delegación en Francia, compuesta en su mayoría por descendientes de asturianos.
- ¿Cuándo darán por terminado su trabajo?
- Falta la última fase, cuando las familias completan la base de datos. Por ejemplo, una persona entra en la web, ve que en la ficha de su abuelo no consta el sitio donde nació y nos manda todo lo que falta. Nos está escribiendo bastante gente y, cuando lo completemos dentro de unos meses, publicaremos el listado en papel. Editaremos un libro a precio de coste para que pueda ser consultado por la gente mayor que no accede a Internet.
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Málaga, la exhumación que apoyó la derecha.
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Málaga, la exhumación que apoyó la derecha
Un informe revela matanzas indiscriminadas, tras analizar 2.838 cadáveres de la represión franquista en la fosa de San Rafael
LAURA LEÓN RAÚL BOCANEGRA - Sevilla - 07/03/2010 00:52
Les fusilaron a la entrada del cementerio y a pie de fosa. A ellos les traían de las cárceles, y a sus bebés e hijos, muertos de hambre y de metralla de las calles. Tras arrojarlos a las zanjas, pegados y amontonados para aprovechar el espacio, desparramaron cal viva y sepultaron bajo tierra los cadáveres. La lluvia, después, remató el trabajo, filtrándose hasta llegar a la cal, que hirvió y desfiguró las ropas, los rostros, la piel y los músculos.
El paso del tiempo, desde 1937, hizo el resto.De los 2.838 cadáveres recuperados en la fosa del cementerio de San Rafael (Málaga) -el mayor enterramiento común de la Guerra Civil y la posguerra excavado en España- aún se desconoce el sexo de 1.262, y sólo ha sido posible identificar con cierto grado de certeza a una persona. Se trata de Vicente Córdoba, un hombre de 1,57 metros de estatura. Fue asesinado con 37 años y trabajaba para un zapatero, según el informe final de la exhumación al que ha tenido acceso Público.
El estudio completa tres años de intenso trabajo archivístico, arqueológico y antropológico, promovido por la Asociación contra el Silencio y el Olvido de Málaga. La exhumación ha sido financiada con el apoyo del Gobierno, la Junta de Andalucía (gobernada por el PSOE) y el Ayuntamiento de Málaga (PP). Entre las tres instituciones, dividieron a partes iguales más de 500.000 euros.
Tan sólo una persona tiene ahora nombre y apellido: Vicente Córdoba
Es la primera vez que un alcalde conservador, Francisco de la Torre, que proviene de UCD, apoya, con gestos y con dinero, una exhumación como esta. "Se equivoca quien le quiere poner siglas a la memoria histórica. Tiene narices que la principal fosa se haya abierto en un consistorio del PP", sostuvo José María García Márquez, historiador, en unas recientes jornadas celebradas en Sevilla.
"Al principio venían a verme los de la asociación como con recelo y me miraban muy serios, y yo les decía: Tranquilos, que yo estoy aquí para ayudar a las familias, que yo soy muy joven", afirma Carolina España, portavoz del equipo municipal del PP en Málaga. "El mérito ha sido de la asociación, que no ha politizado el tema", dice la concejal.
Sus miembros han llevado el asunto con discreción y naturalidad. En 2002, representantes de las familias se plantaron en el ayuntamiento y trataron de llegar a acuerdos para evitar que se construyera un parque sobre el cementerio de San Rafael, cerrado desde 1987. Con la llegada del PSOE al Gobierno, en 2004, el panorama cambió. Bastó una reunión con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, y De la Torre decidió exhumar primero y construir el parque, después. En octubre de 2006 comenzaron los trabajos.
Ovación
El acto final de conciliación se escenificó esta semana en el auditorio Pablo Picasso de Málaga, donde el alcalde y la consejera de Justicia andaluza, Begoña Álvarez (PSOE), se llevaron la ovación agradecida de las familias. Ambos llegaron a aplaudir, a instancias de un asistente, al juez Baltasar Garzón. "Sin odio y sin rencores, pero sin amnesia", resume Francisco Espinosa, artífice de la exhumación y ex presidente de la asociación.
La cal viva que desfiguró los cuerpos dificulta las identificaciones
"Estuvieron fusilando desde 1937 hasta la década de 1950", afirma José Galisteo, veterano sindicalista y vicepresidente de la asociación. El trabajo de archivo de Espinosa y sus colaboradores arrojó un listado con 4.471 nombres y apellidos. En las nueve fosas de San Rafael sólo hallaron 2.838 cadáveres. ¿Dónde está el resto? Espinosa inició una investigación para saber si los cuerpos acabaron en el Valle de los Caídos, pero la respuesta oficial fue que allí sólo llegaron una veintena de cadáveres desde Málaga. Queda la duda. "Dime ahora dónde están esos cuerpos. Muchos quedarán en sarcófagos u olvidados en viejos osarios", lamenta Galisteo.
La lectura del informe revela una radiografía de la represión franquista: se desató en febrero de 1937 tras la toma de la ciudad por las tropas rebeldes, lo que dio al traste con la revolución que controló Málaga tras el golpe del 18 de julio. En dos meses, entre febrero y marzo, según el informe oficial de la exhumación, los falangistas causaron 2.044 muertes. Hasta 406 personas cayeron bajo los fusiles fascistas en abril, y otras 171 en mayo. Hasta el mes de noviembre, hubo matanzas sostenidas (34 en septiembre y 114 en julio), cuando los fusilamientos se redujeron a cuatro.
Un arma de fuego produjo la muerte en la mayoría de casos, según el documento. También aparecieron cuerpos esporádicos con huellas de haber sido golpeados con objetos contundentes. Los esqueletos estaban ubicados de forma arbitraria. Los testimonios orales recabados hablaban de que los represaliados habían sido maniatados con alambres, pero estos sólo aparecieron en una de las nueve fosas. En el resto, se entiende que los ataron con cuerdas. Los arqueólogos hallaron medallas religiosas, alguna navaja, un dominó, zapatos, botones y balas de máuser y Parravicino-Carcano, el rifle del ejército italiano.
Lápices y peines
"Venían con recelo. Yo les decía: ‘Soy muy joven’", dice la portavoz del PP
Además de los 1.262 restos sin identificar, se ha determinado que 1.138 eran hombres, 349 niños y 89 mujeres, algunas embarazadas. "La represión franquista para ellas fue distinta. Quedaban marcadas. Eran la mujer de un rojo", dice Raquel Zugasti, historiadora. Los niños no muestran signos de violencia, por lo que los arqueólogos concluyen que se trataba de huérfanos, que murieron de hambre, por bombardeos o por la metralla.
La represión fue indiscriminada. El informe final identifica personas de toda condición social: militares, ferroviarios, campesinos, artesanos, párrocos, guardias civiles... En las zanjas también se encontraron gran cantidad de lápices y peines, lo que para los investigadores -dirigidos por Sebastián Fernández, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga- denota cierto nivel cultural y de higiene de los detenidos.
En el Registro Civil de Málaga, desde el 7 de febrero de 1937, sólo consta, aparte del nombre del juez y el secretario, los nombres y apellidos de las víctimas, así como la causa de la muerte. Fallecían, generalmente, por "heridas por arma de fuego". "Encontrado en los alrededores del cementerio de San Rafael" era otra de las leyendas recurrentes. Es a partir de 1939 cuando se completa la inscripción con los datos adecuados.
"Sin odio y sin rencores, pero sin amnesia", sentencia Espinosa
¿Qué falta para completar la exhumación que ha logrado que el conservador De la Torre se ganara el respeto de las asociaciones de memoria, tan exigentes con la Administración? Más de 200 familias han dado ya su ADN para tratar de identificar a sus parientes, cotejándolo con el de los 2.838 restos. Las técnicas han mejorado, pero la cal viva que arrojaron los franquistas y los 70 años de enterramiento han deteriorado los restos. Los expertos advierten que serán muy difíciles las identificaciones.
En el parque, que cubrirá finalmente el cementerio, se ubicará un edificio en homenaje a los muertos. "El cubo", como lo llama la asociación y aún en proyecto, albergaría en diferentes cajas los huesos, los objetos personales, una ficha antropométrica de cada uno de los muertos... Todo esto permitiría a las familias comparar el ADN. Gobierno, Junta y Ayuntamiento se han comprometido a apoyar a los familiares en un eventual traslado de cuerpos. Será el fin de una exhumación ejemplar.
El rey, los honores y ‘el carnicerito’
“El dolor de las víctimas de Málaga es el dolor de todas las víctimas”, reza una nota que preparan varias asociaciones de memoria histórica. En el texto, le piden al rey que visite la fosa de San Rafael y que retire los honores a Carlos Arias-Navarro, marqués y grande de España. Este, que protagonizó como fiscal la represión en Málaga, es conocido como ‘el carnicerito’ por su crueldad. Arias, presidente del Gobierno en 1975, anunció, compungido, la muerte de Francisco Franco.
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"A ese de madrugá se lo llevaron a la tapia"
Francisca Córdoba, hija del único identificado, y otras familias recuerdan el horror
Málaga - 07/03/2010 08:00
"Nuestra historia duele", afirma Francisca Córdoba. Tiene 75 años y recuerda que en la fosa en la que estaba enterrado su padre nunca faltaron flores. "Venían a por nosotros", cuenta. Es la única persona que, por ahora, sabe con cierto grado de certeza cuáles son los restos de su padre. "El enterrador lo conocía, así que nos dijo en qué sitio estaba su cadáver. Por fortuna no le echaron cal", asegura.
Paca, como la conoce todo el mundo, estaba allí, a pie de zanja, cuando sacaron los restos de su padre, Vicente Córdoba. Cogió, entonces, emocionada un huesecito. "Estaba de laíto. Casi me caigo", recuerda. Según su marido, Miguel, Paca tiene una memoria de elefante. En uno de sus primeros recuerdos, rememora que iba un día sí, otro no, con su madre a la cárcel de Málaga, donde su padre estaba preso "por haber piropeado a una mujer". Corría el verano de 1937. En la puerta del penal tenían la costumbre de dejar una lata con comida. Ese día, esperaron a que alguien les cambiara la lata llena por otra vacía, pero nadie acudió. "Y mi madre ya preguntó. ‘A ese de madrugá se lo llevaron a la tapia', le dijeron", se lamenta.
Una historia casi calcada vivió Antonio Pérez, quien acudió al auditorio Pablo Picasso de Málaga a la presentación del informe de la fosa común de San Rafael. Antonio perdió a su padre cuando casi era un bebé. "Durante años creí que lo que me explicaban en el colegio, como los mandamientos, era sagrado. Hasta que comprendí que los que habían escrito No matarás habían asesinado a mi padre". "Era una política de tierra quemada. A los prisioneros -añade- había que alojarlos y alimentarlos y, por temor a futuras represalias, decidían matarlos".
En el mismo lugar, Manuel Muñoz retoma el relato y cuenta que, con siete años, mataron a su progenitor y reclutaron a su hermano. "Aquellos que habían asesinado a mi padre querían que mi hermano hiciera lo mismo con otros y, como se negó, lo maltrataron hasta la muerte con 18 años", asegura. "En menos de cien días perdí a mi padre y a mi hermano, y metieron en la cárcel a mi madre. Por roja nos dijeron".
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Málaga, la exhumación que apoyó la derecha
Un informe revela matanzas indiscriminadas, tras analizar 2.838 cadáveres de la represión franquista en la fosa de San Rafael
LAURA LEÓN RAÚL BOCANEGRA - Sevilla - 07/03/2010 00:52
Les fusilaron a la entrada del cementerio y a pie de fosa. A ellos les traían de las cárceles, y a sus bebés e hijos, muertos de hambre y de metralla de las calles. Tras arrojarlos a las zanjas, pegados y amontonados para aprovechar el espacio, desparramaron cal viva y sepultaron bajo tierra los cadáveres. La lluvia, después, remató el trabajo, filtrándose hasta llegar a la cal, que hirvió y desfiguró las ropas, los rostros, la piel y los músculos.
El paso del tiempo, desde 1937, hizo el resto.De los 2.838 cadáveres recuperados en la fosa del cementerio de San Rafael (Málaga) -el mayor enterramiento común de la Guerra Civil y la posguerra excavado en España- aún se desconoce el sexo de 1.262, y sólo ha sido posible identificar con cierto grado de certeza a una persona. Se trata de Vicente Córdoba, un hombre de 1,57 metros de estatura. Fue asesinado con 37 años y trabajaba para un zapatero, según el informe final de la exhumación al que ha tenido acceso Público.
El estudio completa tres años de intenso trabajo archivístico, arqueológico y antropológico, promovido por la Asociación contra el Silencio y el Olvido de Málaga. La exhumación ha sido financiada con el apoyo del Gobierno, la Junta de Andalucía (gobernada por el PSOE) y el Ayuntamiento de Málaga (PP). Entre las tres instituciones, dividieron a partes iguales más de 500.000 euros.
Tan sólo una persona tiene ahora nombre y apellido: Vicente Córdoba
Es la primera vez que un alcalde conservador, Francisco de la Torre, que proviene de UCD, apoya, con gestos y con dinero, una exhumación como esta. "Se equivoca quien le quiere poner siglas a la memoria histórica. Tiene narices que la principal fosa se haya abierto en un consistorio del PP", sostuvo José María García Márquez, historiador, en unas recientes jornadas celebradas en Sevilla.
"Al principio venían a verme los de la asociación como con recelo y me miraban muy serios, y yo les decía: Tranquilos, que yo estoy aquí para ayudar a las familias, que yo soy muy joven", afirma Carolina España, portavoz del equipo municipal del PP en Málaga. "El mérito ha sido de la asociación, que no ha politizado el tema", dice la concejal.
Sus miembros han llevado el asunto con discreción y naturalidad. En 2002, representantes de las familias se plantaron en el ayuntamiento y trataron de llegar a acuerdos para evitar que se construyera un parque sobre el cementerio de San Rafael, cerrado desde 1987. Con la llegada del PSOE al Gobierno, en 2004, el panorama cambió. Bastó una reunión con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, y De la Torre decidió exhumar primero y construir el parque, después. En octubre de 2006 comenzaron los trabajos.
Ovación
El acto final de conciliación se escenificó esta semana en el auditorio Pablo Picasso de Málaga, donde el alcalde y la consejera de Justicia andaluza, Begoña Álvarez (PSOE), se llevaron la ovación agradecida de las familias. Ambos llegaron a aplaudir, a instancias de un asistente, al juez Baltasar Garzón. "Sin odio y sin rencores, pero sin amnesia", resume Francisco Espinosa, artífice de la exhumación y ex presidente de la asociación.
La cal viva que desfiguró los cuerpos dificulta las identificaciones
"Estuvieron fusilando desde 1937 hasta la década de 1950", afirma José Galisteo, veterano sindicalista y vicepresidente de la asociación. El trabajo de archivo de Espinosa y sus colaboradores arrojó un listado con 4.471 nombres y apellidos. En las nueve fosas de San Rafael sólo hallaron 2.838 cadáveres. ¿Dónde está el resto? Espinosa inició una investigación para saber si los cuerpos acabaron en el Valle de los Caídos, pero la respuesta oficial fue que allí sólo llegaron una veintena de cadáveres desde Málaga. Queda la duda. "Dime ahora dónde están esos cuerpos. Muchos quedarán en sarcófagos u olvidados en viejos osarios", lamenta Galisteo.
La lectura del informe revela una radiografía de la represión franquista: se desató en febrero de 1937 tras la toma de la ciudad por las tropas rebeldes, lo que dio al traste con la revolución que controló Málaga tras el golpe del 18 de julio. En dos meses, entre febrero y marzo, según el informe oficial de la exhumación, los falangistas causaron 2.044 muertes. Hasta 406 personas cayeron bajo los fusiles fascistas en abril, y otras 171 en mayo. Hasta el mes de noviembre, hubo matanzas sostenidas (34 en septiembre y 114 en julio), cuando los fusilamientos se redujeron a cuatro.
Un arma de fuego produjo la muerte en la mayoría de casos, según el documento. También aparecieron cuerpos esporádicos con huellas de haber sido golpeados con objetos contundentes. Los esqueletos estaban ubicados de forma arbitraria. Los testimonios orales recabados hablaban de que los represaliados habían sido maniatados con alambres, pero estos sólo aparecieron en una de las nueve fosas. En el resto, se entiende que los ataron con cuerdas. Los arqueólogos hallaron medallas religiosas, alguna navaja, un dominó, zapatos, botones y balas de máuser y Parravicino-Carcano, el rifle del ejército italiano.
Lápices y peines
"Venían con recelo. Yo les decía: ‘Soy muy joven’", dice la portavoz del PP
Además de los 1.262 restos sin identificar, se ha determinado que 1.138 eran hombres, 349 niños y 89 mujeres, algunas embarazadas. "La represión franquista para ellas fue distinta. Quedaban marcadas. Eran la mujer de un rojo", dice Raquel Zugasti, historiadora. Los niños no muestran signos de violencia, por lo que los arqueólogos concluyen que se trataba de huérfanos, que murieron de hambre, por bombardeos o por la metralla.
La represión fue indiscriminada. El informe final identifica personas de toda condición social: militares, ferroviarios, campesinos, artesanos, párrocos, guardias civiles... En las zanjas también se encontraron gran cantidad de lápices y peines, lo que para los investigadores -dirigidos por Sebastián Fernández, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga- denota cierto nivel cultural y de higiene de los detenidos.
En el Registro Civil de Málaga, desde el 7 de febrero de 1937, sólo consta, aparte del nombre del juez y el secretario, los nombres y apellidos de las víctimas, así como la causa de la muerte. Fallecían, generalmente, por "heridas por arma de fuego". "Encontrado en los alrededores del cementerio de San Rafael" era otra de las leyendas recurrentes. Es a partir de 1939 cuando se completa la inscripción con los datos adecuados.
"Sin odio y sin rencores, pero sin amnesia", sentencia Espinosa
¿Qué falta para completar la exhumación que ha logrado que el conservador De la Torre se ganara el respeto de las asociaciones de memoria, tan exigentes con la Administración? Más de 200 familias han dado ya su ADN para tratar de identificar a sus parientes, cotejándolo con el de los 2.838 restos. Las técnicas han mejorado, pero la cal viva que arrojaron los franquistas y los 70 años de enterramiento han deteriorado los restos. Los expertos advierten que serán muy difíciles las identificaciones.
En el parque, que cubrirá finalmente el cementerio, se ubicará un edificio en homenaje a los muertos. "El cubo", como lo llama la asociación y aún en proyecto, albergaría en diferentes cajas los huesos, los objetos personales, una ficha antropométrica de cada uno de los muertos... Todo esto permitiría a las familias comparar el ADN. Gobierno, Junta y Ayuntamiento se han comprometido a apoyar a los familiares en un eventual traslado de cuerpos. Será el fin de una exhumación ejemplar.
El rey, los honores y ‘el carnicerito’
“El dolor de las víctimas de Málaga es el dolor de todas las víctimas”, reza una nota que preparan varias asociaciones de memoria histórica. En el texto, le piden al rey que visite la fosa de San Rafael y que retire los honores a Carlos Arias-Navarro, marqués y grande de España. Este, que protagonizó como fiscal la represión en Málaga, es conocido como ‘el carnicerito’ por su crueldad. Arias, presidente del Gobierno en 1975, anunció, compungido, la muerte de Francisco Franco.
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"A ese de madrugá se lo llevaron a la tapia"
Francisca Córdoba, hija del único identificado, y otras familias recuerdan el horror
Málaga - 07/03/2010 08:00
"Nuestra historia duele", afirma Francisca Córdoba. Tiene 75 años y recuerda que en la fosa en la que estaba enterrado su padre nunca faltaron flores. "Venían a por nosotros", cuenta. Es la única persona que, por ahora, sabe con cierto grado de certeza cuáles son los restos de su padre. "El enterrador lo conocía, así que nos dijo en qué sitio estaba su cadáver. Por fortuna no le echaron cal", asegura.
Paca, como la conoce todo el mundo, estaba allí, a pie de zanja, cuando sacaron los restos de su padre, Vicente Córdoba. Cogió, entonces, emocionada un huesecito. "Estaba de laíto. Casi me caigo", recuerda. Según su marido, Miguel, Paca tiene una memoria de elefante. En uno de sus primeros recuerdos, rememora que iba un día sí, otro no, con su madre a la cárcel de Málaga, donde su padre estaba preso "por haber piropeado a una mujer". Corría el verano de 1937. En la puerta del penal tenían la costumbre de dejar una lata con comida. Ese día, esperaron a que alguien les cambiara la lata llena por otra vacía, pero nadie acudió. "Y mi madre ya preguntó. ‘A ese de madrugá se lo llevaron a la tapia', le dijeron", se lamenta.
Una historia casi calcada vivió Antonio Pérez, quien acudió al auditorio Pablo Picasso de Málaga a la presentación del informe de la fosa común de San Rafael. Antonio perdió a su padre cuando casi era un bebé. "Durante años creí que lo que me explicaban en el colegio, como los mandamientos, era sagrado. Hasta que comprendí que los que habían escrito No matarás habían asesinado a mi padre". "Era una política de tierra quemada. A los prisioneros -añade- había que alojarlos y alimentarlos y, por temor a futuras represalias, decidían matarlos".
En el mismo lugar, Manuel Muñoz retoma el relato y cuenta que, con siete años, mataron a su progenitor y reclutaron a su hermano. "Aquellos que habían asesinado a mi padre querían que mi hermano hiciera lo mismo con otros y, como se negó, lo maltrataron hasta la muerte con 18 años", asegura. "En menos de cien días perdí a mi padre y a mi hermano, y metieron en la cárcel a mi madre. Por roja nos dijeron".
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Etiquetas:
Cementerio San Rafael,
Málaga
Recuperados los restos de 15 republicanos a los que el fascismo dejó morir de hambre
Imagen aérea de la fosa común de Valdenoceda, Burgos- ARANZADI
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"Querido abuelo, vamos a enterrarte con la abuela, tu esposa"
Las familias de 15 presos que murieron de hambre en una cárcel franquista reciben sus restos en un emotivo acto en el Ateneo
NATALIA JUNQUERA - Madrid - 06/03/2010
Consulte la lista de enterrados en el penal de Valdenoceda , algunos de cuyas familias aún no han sido localizadas.
"Querido abuelo: gracias por ser como fuiste. Yo quisiera ser como tú. Te llevamos con la abuela, tu esposa", anunció, emocionado, el nieto de uno de los hombres que falleció en el penal franquista de Valdenoceda (Burgos), Alfonso de la Morena Prado, al recoger un pequeño féretro cubierto con la bandera republicana, con sus restos.
Ha ocurrido en el Ateneo de Madrid este sábado por la mañana, lleno hasta la bandera de familias enteras que lloraban de emoción al celebrar algo que otras muchas llevan años intentando y pocas han conseguido: recuperar los restos de sus seres queridos desaparecidos durante la Guerra Civil y el franquismo para enterrarlos con sus esposas y madres.
Así fueron subiendo a por su pequeño ataúd hasta 15 familias de presos, que tras recoger los restos, corrían a abrazarse al hombre cuya cabezonería ha permitido celebrar el acto de hoy, José María González, nieto de una de las víctimas, que en 1997 comenzó a investigar el paradero de su abuelo para cumplir el deseo de su padre y dio con el solar donde yacían, en Valdenoceda, 153 presos a los que habían dejado morir de hambre y frío. "La primera vez que hablé de exhumación me dijeron que estaba loco", ha recordado esta mañana. "Me enorgullece que hayamos quitado la etiqueta de desaparecidos a 15 personas". González fundó una asociación y comenzó a buscar a familiares. En 2007 arrancaron los trabajos de exhumación, que recuperaron los restos de 114 presos y empezaron a buscar a sus descendientes. Los 15 féretros entregados hoy corresponden a los cuerpos que han podido ser identificados al cotejar los restos con los de sus familiares.
Al acto ha asistido uno de los pocos supervivientes de aquel penal, Isaac Arenal, que lloró emocionado al entregar a sus familias los restos de alguno de sus compañeros. "Aquello era una prisión de exterminio, donde mandaban a los presos a morir. Recuerdo cuando trajeron a los compañeros de las brigadas internacionales, unos 15 y los colocaron en fila, desnudos, en el patio..."
En este caso, a diferencia de la mayoría de las fosas del franquismo, junto a los restos humanos no han aparecido balas o casquillos, porque en Valdenoceda los asesinos no mataron, dejaron morir a sus víctimas. Los responsables de la prisión obligaron a los presos a enterrar a sus compañeros. El antropólogo forense Luis Ríos explicó que lo hicieron en cajas y con sus escasas pertenencias: un lápiz, una goma de borrar, un anillo... a un metro de profundidad y en un solar fuera del cementerio del pueblo. Cuando en 1989 la parroquia del pueblo adquirió el solar para ampliar el cementerio, al menos 39 de los 153 reclusos que habían sido inhumados en este terreno fueron sepultados por nuevos enterramientos. La Agrupación de Familiares y Amigos de Fallecidos en el Penal de Valdenoceda negocia ahora con los familiares de esos fallecidos para tratar de rescatar los restos de los 39 presos.
De hecho, aunque este sábado se hayan entregado los restos de 15 personas, en realidad han sido identificados genéticamente 16. Pero la familia de David Ruiz no ha podido recibir sus restos porque una sepultura posterior ha impedido recuperarlos completamente. También se ha identificado con estudios antropológicos a otros diez reclusos, sin descendientes conocidos.
Durante el acto se han mostrado algunos dibujos de Ernesto Sempere, un preso que sobrevivió al penal y falleció en 2007, justo antes de que empezaran los trabajos de exhumación. En sus memorias escribió: "Mis mejores sueños eran siempre con pan. Soñaba con pan. ¿Cuánta hambre puede tener una persona para que sus mejores sueños sean un simple trozo de pan?".
Hubo agradecimientos para el Gobierno central, que ha concedido dos subvenciones para la exhumación y los análisis de ADN; para el alcalde de la localidad, Ángel Arce, muy implicado en los trabajos; y para los ayuntamientos de los lugares de procedencia de las víctimas (Arratxu, en Vizcaya, Campillo de Llerena, en Badajoz, Alcolea de Calatrava, en Ciudad Real y Alcalá la Real, en Jaén) que les ayudaron económicamente. También, un recuerdo constante al juez Baltasar Garzón, que quiso investigar los crímenes del franquismo: "Este es un acto de homenaje al pasado, y también de crítica al presente", ha declarado el presidente del Ateneo, Carlos París. "Porque todavía, ante el intento de hacer justicia a la historia, hay fuerzas que se oponen a ello, como muestra la persecución del juez Garzón. España todavía no se ha liberado de la mentalidad que el franquismo pertrechó".
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Los presos que soñaban con pan
156 republicanos de Valdenoceda (Burgos) murieron de hambre en la cárcel municipal durante el franquismo. Ayer comenzó su exhumación
NATALIA JUNQUERA - Valdenoceda - 11/03/2007
En el cementerio de Valdenoceda, un minúsculo pueblo de Burgos con 70 habitantes, hay un hombre con una sonrisa radiante. Se llama José María González y en su alegría no hay nada macabro. Es feliz porque tras diez años investigando, pidiendo permisos y ayudas económicas, ha conseguido que su abuelo, Juan Manuel González Fernández, republicano preso en la cárcel del pueblo y enterrado en una fosa común en el cementerio municipal, reciba "un funeral digno" y sea enterrado en un panteón honorífico con otros 155 compañeros republicanos muertos en el penal del pueblo entre 1938 y 1943.
"En casa siempre habíamos pensado que el abuelo había muerto en la guerra. Hasta que hace diez años, en 1997, mi padre, que entonces tenía 71 y nunca había hablado del tema, de repente dijo: 'Cuánto me gustaría saber dónde está enterrado. Ni siquiera tengo una foto suya'. Ahí empezó a hablar, por primera vez, de mi abuelo, y ahí nos enteramos de que no había muerto en la guerra, sino que se lo habían llevado preso cuando mi padre tenía 13 años. La última imagen de él que recordaba mi padre era saliendo esposado de casa", explica González.
Comenzó la investigación ayudado por su sobrino, Eneko. Encontraron una carta de los trabajadores del penal dirigida a su abuela en la que se le comunicaba que era viuda y se le informaba de que si quería recuperar los objetos que había dejado su marido -"dos mantas, un pañuelo, unas gafas y dos talegos de ropa deteriorada, mejor dicho, inútil", aclaraba la carta- debía pagar los portes: 3,40 pesetas. Encontraron también a un alcalde dispuesto, Ángel Arce, que en el instante mismo de conocerse en Valdenoceda, le hizo saber que "siempre había deseado enterrar como es debido a aquella gente". Y encontraron a un superviviente del penal, Ernesto Sempere, de Ciudad Real, quien, en un texto que dejó escrito en 2005, dos años antes de morir, despejó cualquier duda sobre la causa de la muerte de aquellas 156 personas: "La vida en la cárcel era tremendamente dura. De comer nos ponían un caldo infame, manchado, con una sola alubia que además, siempre tenía un bicho dentro. Recuerdo el hambre que pasamos, hasta el punto de que mis mejores sueños estaban protagonizados por algo tan simple como una barra de pan. Soñaba con pan. ¿Cuánta hambre puede tener una persona para que sus mejores sueños sean un simple trozo de pan?". Su hijo Manuel Sempere, era ayer otro de los que sonreía, emocionado.
A diferencia de la mayoría de las fosas de republicanos asesinados de la represión franquista, en la de Valdenoceda no aparecen balas, ni casquillos. "Los enterraron uno a uno a medida que iban muriendo. Y lo hacían en cajas porque hemos encontrado restos de esos pequeños ataúdes de madera", explica Jimmy Jiménez, arqueólogo de la Asociación de Ciencias Aranzadi y coordinador de la exhumación. "No los fusilaron. Simplemente, los dejaron morir".
"Eran los propios presos los que cargaban a hombros con sus compañeros muertos desde la cárcel hasta el cementerio. En realidad los enterraban detrás del muro del cementerio, pero el cura daba un responso, como a todos los demás. Yo tenía ocho o nueve años y era monaguillo, así que todos los días acompañaba al cura hasta la cárcel porque casi todos los días había algún muerto. Entraba en la cárcel como en mi casa. Los presos incluso me hacían juguetes. Los pobres se morían de hambre. Todavía recuerdo cómo se abalanzaban sobre las patatas crudas, comiéndoselas como si fueran manzanas, cuando salían a llevar al muerto hasta el cementerio", explica Justo Díaz, nacido en Valdenoceda hace 73 años.
Hace dos años, el cementerio se quedó pequeño. La parroquia decidió ampliarlo hacia la fosa de los republicanos y empezaron a aflorar huesos y recuerdos. Los esquivaron gracias a las indicaciones del monaguillo Díaz, que luego trabajó como enterrador. Algunos cuerpos no se podrán recuperar. Una pareja construyó un panteón que afecta a parte del yacimiento. Una de las piernas de los esqueletos exhumados ayer se perdía bajo la piedra de esa tumba vacía.
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Recuperados los restos de 15 republicanos a los que el fascismo dejó morir de hambre
Hasta 153 presos murieron en el penal de Valdenoceda, uno de los más duros del franquismo
España | Tercera Información | 07-03-2010 |
Entre 1938 y 1943, un total de 5.834 personas pasaron por el penal de Valdenoceda, en Burgos. Considerado una de las prisiones más duras de la posguerra, allí murieron de hambre y frío al menos 153 presos republicanos, que fueron enterrados por sus compañeros. Los restos de 15 de aquellas víctimas del fascismo han vuelto este sábado a brazos de sus allegados.
En un acto celebrado en el Ateneo de Madrid, la Agrupación de Familiares y Amigos de Fallecidos en el Penal de Valdenoceda ha devuelto a sus seres queridos los restos de 15 personas, de las 114 recuperadas por la sociedad de ciencias Aranzadi.
Además de los restos recuperados, otras 39 personas, 11 de ellas también identificadas, permanecen sepultadas en sus fosas. El motivo es que los represaliados fueron enterrados en un terreno, propiedad de Instituciones Penitenciarias, que en 1989 fue vendido a la parroquia para ampliar su cementerio cristiano. El resultado es que los reos fueron resepultados por nuevos enterramientos.
La muerte de estos 153 presos es conocida gracias a los datos del Registro Civil, pero los testimonios de los supervivientes relatan otras muchas desapariciones. Se sospecha que un número indeterminado de asesinados fue arrojado al Ebro o a algunas de las cuevas próximas.
El penal de Valdenoceda, cerca de la provincia de Álava, era en sus orígenes una fábrica de sedas. Bajo el edificio corría un canal del Ebro que abastecía de energía a la maquinaria. Tras el golpe de Estado franquista, la fábrica cerró y se transformó, según la asociación, en una de las más "terribles prisiones de castigo del régimen del general Franco". Pensado para 300 inetrnos, el penal llegó a albergar hasta 1.600 reclusos, cinco veces más de su capacidad.
Los presos cuyos restos han sido devueltos a sus familias son: David Díez Guinea, de Orduña (Bizkaia); Angel Mena Contreras, de Montiel (Ciudad Real); José Venzalá Carrillo, de Fuensanta de Martos (Jaén); Vicente Martín Gil, de Daimiel (Ciudad Real); Feliciano Alcaide Rodríguez, de Aldea del Rey (Ciudad Real); Dimas Almendro García, de Corral de Calatrava (Ciudad Real); Anesio Rodríguez Martínez, de Higón (Burgos); Isidoro Romero Moncada, de Torres de la Alameda (Madrid); Antonio Salazar Martín, de Sasamón (Burgos); Antonio García-Rayo, de Daimiel (Ciudad Real); José Antonio Quintanilla Pardo, de Fuencaliente (Ciudad Real); Bernabé Ruiz Castillo, de Jaén; Gonzalo Muñoz Torres, de Villafranca (Córdoba); Alfonso de la Morena Prado, de Aldea del Rey (Ciudad Real); y Juan María González de Mera, de Torralba de Calatrava (Ciudad Real).
Además, la asociación informó de que se consiguió la identificación genética de David Ruiz Ruiz (Burgos), cuyos restos aún reposan en Valdenoceda, debajo del último de los enterramientos nuevos.
Con capacidad para menos de 300 personas, "llegó a albergar a casi 1.600 presos de una sola vez, cinco veces su capacidad máxima
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"Querido abuelo, vamos a enterrarte con la abuela, tu esposa"
Las familias de 15 presos que murieron de hambre en una cárcel franquista reciben sus restos en un emotivo acto en el Ateneo
NATALIA JUNQUERA - Madrid - 06/03/2010
Consulte la lista de enterrados en el penal de Valdenoceda , algunos de cuyas familias aún no han sido localizadas.
"Querido abuelo: gracias por ser como fuiste. Yo quisiera ser como tú. Te llevamos con la abuela, tu esposa", anunció, emocionado, el nieto de uno de los hombres que falleció en el penal franquista de Valdenoceda (Burgos), Alfonso de la Morena Prado, al recoger un pequeño féretro cubierto con la bandera republicana, con sus restos.
Ha ocurrido en el Ateneo de Madrid este sábado por la mañana, lleno hasta la bandera de familias enteras que lloraban de emoción al celebrar algo que otras muchas llevan años intentando y pocas han conseguido: recuperar los restos de sus seres queridos desaparecidos durante la Guerra Civil y el franquismo para enterrarlos con sus esposas y madres.
Así fueron subiendo a por su pequeño ataúd hasta 15 familias de presos, que tras recoger los restos, corrían a abrazarse al hombre cuya cabezonería ha permitido celebrar el acto de hoy, José María González, nieto de una de las víctimas, que en 1997 comenzó a investigar el paradero de su abuelo para cumplir el deseo de su padre y dio con el solar donde yacían, en Valdenoceda, 153 presos a los que habían dejado morir de hambre y frío. "La primera vez que hablé de exhumación me dijeron que estaba loco", ha recordado esta mañana. "Me enorgullece que hayamos quitado la etiqueta de desaparecidos a 15 personas". González fundó una asociación y comenzó a buscar a familiares. En 2007 arrancaron los trabajos de exhumación, que recuperaron los restos de 114 presos y empezaron a buscar a sus descendientes. Los 15 féretros entregados hoy corresponden a los cuerpos que han podido ser identificados al cotejar los restos con los de sus familiares.
Al acto ha asistido uno de los pocos supervivientes de aquel penal, Isaac Arenal, que lloró emocionado al entregar a sus familias los restos de alguno de sus compañeros. "Aquello era una prisión de exterminio, donde mandaban a los presos a morir. Recuerdo cuando trajeron a los compañeros de las brigadas internacionales, unos 15 y los colocaron en fila, desnudos, en el patio..."
En este caso, a diferencia de la mayoría de las fosas del franquismo, junto a los restos humanos no han aparecido balas o casquillos, porque en Valdenoceda los asesinos no mataron, dejaron morir a sus víctimas. Los responsables de la prisión obligaron a los presos a enterrar a sus compañeros. El antropólogo forense Luis Ríos explicó que lo hicieron en cajas y con sus escasas pertenencias: un lápiz, una goma de borrar, un anillo... a un metro de profundidad y en un solar fuera del cementerio del pueblo. Cuando en 1989 la parroquia del pueblo adquirió el solar para ampliar el cementerio, al menos 39 de los 153 reclusos que habían sido inhumados en este terreno fueron sepultados por nuevos enterramientos. La Agrupación de Familiares y Amigos de Fallecidos en el Penal de Valdenoceda negocia ahora con los familiares de esos fallecidos para tratar de rescatar los restos de los 39 presos.
De hecho, aunque este sábado se hayan entregado los restos de 15 personas, en realidad han sido identificados genéticamente 16. Pero la familia de David Ruiz no ha podido recibir sus restos porque una sepultura posterior ha impedido recuperarlos completamente. También se ha identificado con estudios antropológicos a otros diez reclusos, sin descendientes conocidos.
Durante el acto se han mostrado algunos dibujos de Ernesto Sempere, un preso que sobrevivió al penal y falleció en 2007, justo antes de que empezaran los trabajos de exhumación. En sus memorias escribió: "Mis mejores sueños eran siempre con pan. Soñaba con pan. ¿Cuánta hambre puede tener una persona para que sus mejores sueños sean un simple trozo de pan?".
Hubo agradecimientos para el Gobierno central, que ha concedido dos subvenciones para la exhumación y los análisis de ADN; para el alcalde de la localidad, Ángel Arce, muy implicado en los trabajos; y para los ayuntamientos de los lugares de procedencia de las víctimas (Arratxu, en Vizcaya, Campillo de Llerena, en Badajoz, Alcolea de Calatrava, en Ciudad Real y Alcalá la Real, en Jaén) que les ayudaron económicamente. También, un recuerdo constante al juez Baltasar Garzón, que quiso investigar los crímenes del franquismo: "Este es un acto de homenaje al pasado, y también de crítica al presente", ha declarado el presidente del Ateneo, Carlos París. "Porque todavía, ante el intento de hacer justicia a la historia, hay fuerzas que se oponen a ello, como muestra la persecución del juez Garzón. España todavía no se ha liberado de la mentalidad que el franquismo pertrechó".
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Los presos que soñaban con pan
156 republicanos de Valdenoceda (Burgos) murieron de hambre en la cárcel municipal durante el franquismo. Ayer comenzó su exhumación
NATALIA JUNQUERA - Valdenoceda - 11/03/2007
En el cementerio de Valdenoceda, un minúsculo pueblo de Burgos con 70 habitantes, hay un hombre con una sonrisa radiante. Se llama José María González y en su alegría no hay nada macabro. Es feliz porque tras diez años investigando, pidiendo permisos y ayudas económicas, ha conseguido que su abuelo, Juan Manuel González Fernández, republicano preso en la cárcel del pueblo y enterrado en una fosa común en el cementerio municipal, reciba "un funeral digno" y sea enterrado en un panteón honorífico con otros 155 compañeros republicanos muertos en el penal del pueblo entre 1938 y 1943.
"En casa siempre habíamos pensado que el abuelo había muerto en la guerra. Hasta que hace diez años, en 1997, mi padre, que entonces tenía 71 y nunca había hablado del tema, de repente dijo: 'Cuánto me gustaría saber dónde está enterrado. Ni siquiera tengo una foto suya'. Ahí empezó a hablar, por primera vez, de mi abuelo, y ahí nos enteramos de que no había muerto en la guerra, sino que se lo habían llevado preso cuando mi padre tenía 13 años. La última imagen de él que recordaba mi padre era saliendo esposado de casa", explica González.
Comenzó la investigación ayudado por su sobrino, Eneko. Encontraron una carta de los trabajadores del penal dirigida a su abuela en la que se le comunicaba que era viuda y se le informaba de que si quería recuperar los objetos que había dejado su marido -"dos mantas, un pañuelo, unas gafas y dos talegos de ropa deteriorada, mejor dicho, inútil", aclaraba la carta- debía pagar los portes: 3,40 pesetas. Encontraron también a un alcalde dispuesto, Ángel Arce, que en el instante mismo de conocerse en Valdenoceda, le hizo saber que "siempre había deseado enterrar como es debido a aquella gente". Y encontraron a un superviviente del penal, Ernesto Sempere, de Ciudad Real, quien, en un texto que dejó escrito en 2005, dos años antes de morir, despejó cualquier duda sobre la causa de la muerte de aquellas 156 personas: "La vida en la cárcel era tremendamente dura. De comer nos ponían un caldo infame, manchado, con una sola alubia que además, siempre tenía un bicho dentro. Recuerdo el hambre que pasamos, hasta el punto de que mis mejores sueños estaban protagonizados por algo tan simple como una barra de pan. Soñaba con pan. ¿Cuánta hambre puede tener una persona para que sus mejores sueños sean un simple trozo de pan?". Su hijo Manuel Sempere, era ayer otro de los que sonreía, emocionado.
A diferencia de la mayoría de las fosas de republicanos asesinados de la represión franquista, en la de Valdenoceda no aparecen balas, ni casquillos. "Los enterraron uno a uno a medida que iban muriendo. Y lo hacían en cajas porque hemos encontrado restos de esos pequeños ataúdes de madera", explica Jimmy Jiménez, arqueólogo de la Asociación de Ciencias Aranzadi y coordinador de la exhumación. "No los fusilaron. Simplemente, los dejaron morir".
"Eran los propios presos los que cargaban a hombros con sus compañeros muertos desde la cárcel hasta el cementerio. En realidad los enterraban detrás del muro del cementerio, pero el cura daba un responso, como a todos los demás. Yo tenía ocho o nueve años y era monaguillo, así que todos los días acompañaba al cura hasta la cárcel porque casi todos los días había algún muerto. Entraba en la cárcel como en mi casa. Los presos incluso me hacían juguetes. Los pobres se morían de hambre. Todavía recuerdo cómo se abalanzaban sobre las patatas crudas, comiéndoselas como si fueran manzanas, cuando salían a llevar al muerto hasta el cementerio", explica Justo Díaz, nacido en Valdenoceda hace 73 años.
Hace dos años, el cementerio se quedó pequeño. La parroquia decidió ampliarlo hacia la fosa de los republicanos y empezaron a aflorar huesos y recuerdos. Los esquivaron gracias a las indicaciones del monaguillo Díaz, que luego trabajó como enterrador. Algunos cuerpos no se podrán recuperar. Una pareja construyó un panteón que afecta a parte del yacimiento. Una de las piernas de los esqueletos exhumados ayer se perdía bajo la piedra de esa tumba vacía.
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Recuperados los restos de 15 republicanos a los que el fascismo dejó morir de hambre
Hasta 153 presos murieron en el penal de Valdenoceda, uno de los más duros del franquismo
España | Tercera Información | 07-03-2010 |
Entre 1938 y 1943, un total de 5.834 personas pasaron por el penal de Valdenoceda, en Burgos. Considerado una de las prisiones más duras de la posguerra, allí murieron de hambre y frío al menos 153 presos republicanos, que fueron enterrados por sus compañeros. Los restos de 15 de aquellas víctimas del fascismo han vuelto este sábado a brazos de sus allegados.
En un acto celebrado en el Ateneo de Madrid, la Agrupación de Familiares y Amigos de Fallecidos en el Penal de Valdenoceda ha devuelto a sus seres queridos los restos de 15 personas, de las 114 recuperadas por la sociedad de ciencias Aranzadi.
Además de los restos recuperados, otras 39 personas, 11 de ellas también identificadas, permanecen sepultadas en sus fosas. El motivo es que los represaliados fueron enterrados en un terreno, propiedad de Instituciones Penitenciarias, que en 1989 fue vendido a la parroquia para ampliar su cementerio cristiano. El resultado es que los reos fueron resepultados por nuevos enterramientos.
La muerte de estos 153 presos es conocida gracias a los datos del Registro Civil, pero los testimonios de los supervivientes relatan otras muchas desapariciones. Se sospecha que un número indeterminado de asesinados fue arrojado al Ebro o a algunas de las cuevas próximas.
El penal de Valdenoceda, cerca de la provincia de Álava, era en sus orígenes una fábrica de sedas. Bajo el edificio corría un canal del Ebro que abastecía de energía a la maquinaria. Tras el golpe de Estado franquista, la fábrica cerró y se transformó, según la asociación, en una de las más "terribles prisiones de castigo del régimen del general Franco". Pensado para 300 inetrnos, el penal llegó a albergar hasta 1.600 reclusos, cinco veces más de su capacidad.
Los presos cuyos restos han sido devueltos a sus familias son: David Díez Guinea, de Orduña (Bizkaia); Angel Mena Contreras, de Montiel (Ciudad Real); José Venzalá Carrillo, de Fuensanta de Martos (Jaén); Vicente Martín Gil, de Daimiel (Ciudad Real); Feliciano Alcaide Rodríguez, de Aldea del Rey (Ciudad Real); Dimas Almendro García, de Corral de Calatrava (Ciudad Real); Anesio Rodríguez Martínez, de Higón (Burgos); Isidoro Romero Moncada, de Torres de la Alameda (Madrid); Antonio Salazar Martín, de Sasamón (Burgos); Antonio García-Rayo, de Daimiel (Ciudad Real); José Antonio Quintanilla Pardo, de Fuencaliente (Ciudad Real); Bernabé Ruiz Castillo, de Jaén; Gonzalo Muñoz Torres, de Villafranca (Córdoba); Alfonso de la Morena Prado, de Aldea del Rey (Ciudad Real); y Juan María González de Mera, de Torralba de Calatrava (Ciudad Real).
Además, la asociación informó de que se consiguió la identificación genética de David Ruiz Ruiz (Burgos), cuyos restos aún reposan en Valdenoceda, debajo del último de los enterramientos nuevos.
Con capacidad para menos de 300 personas, "llegó a albergar a casi 1.600 presos de una sola vez, cinco veces su capacidad máxima
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La ARMH Valladolid presenta en 54 minutos "Todos los nombres" represaliados
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La ARMH Valladolid presenta en 54 minutors "Todos los nombres" represaliados
La película, de 54 minutos, contiene testimonios de represaliados y familiares y refleja los trabajos de documentación y de exhumación de fosas que desempeña la ARMH en Valladolid desde su creación en 2002, según ha informado la asociación en un comunicado.
El acto, que ha contado con la asistencia unos 400 invitados que han llenado la sala de proyecciones, ha sido presentado por el periodista de El Mundo Fernando Valiño, el escritor Gustavo Martín Garzo y el presidente de la ARMH de Valladolid, Julio del Olmo.
Entre los asistentes también han detacado el subdelegado del Gobierno en Valladolid, Cecilio Vadillo, los diputados del PSOE por Valladolid Jesús Quijano y Emilio Álvarez y alcaldes y concejales de varios municipios de la provincia.
También ha estado presente Teresa, hija de Antonio García Quintana, alcalde de Valladolid fusilado en 1936, que protagoniza un de los momentos mas emotivos de la cinta.EFE
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La ARMH Valladolid presenta en 54 minutors "Todos los nombres" represaliados
La película, de 54 minutos, contiene testimonios de represaliados y familiares y refleja los trabajos de documentación y de exhumación de fosas que desempeña la ARMH en Valladolid desde su creación en 2002, según ha informado la asociación en un comunicado.
El acto, que ha contado con la asistencia unos 400 invitados que han llenado la sala de proyecciones, ha sido presentado por el periodista de El Mundo Fernando Valiño, el escritor Gustavo Martín Garzo y el presidente de la ARMH de Valladolid, Julio del Olmo.
Entre los asistentes también han detacado el subdelegado del Gobierno en Valladolid, Cecilio Vadillo, los diputados del PSOE por Valladolid Jesús Quijano y Emilio Álvarez y alcaldes y concejales de varios municipios de la provincia.
También ha estado presente Teresa, hija de Antonio García Quintana, alcalde de Valladolid fusilado en 1936, que protagoniza un de los momentos mas emotivos de la cinta.EFE
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Requerimiento público al Rey de España para que comparezca en la fosa común de Málaga y declare nulo el Marquesado de Arias-Navarro
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El “carnicero de Málaga” continúa siendo “grande de España"
Requerimiento público al Rey de España para que comparezca en la fosa común de Málaga y declare nulo el Marquesado de Arias-Navarro
Miguel Ángel Rodríguez Arias
Rebelión
El dolor de las víctimas de Málaga es el dolor de todas las víctimas del franquismo y el fascismo internacional, asesinados sepultos o insepultos, desaparecidos, exterminados en las prisiones, pequeños víctimas de desaparición infantil, deportados a los campos nazis, exiliados, torturados, explotados como mano de obra esclava, vejados, largamente expoliados todavía en nuestros días.
Las imágenes hechas públicas de las fosas de Málaga conmueven la conciencia de la humanidad, como en su día las de Badajoz, Gernika y tantos otros lugares de nuestra geografía; son las imágenes del genocidio de un pueblo.
Los conceptos jurídicos, las propias palabras no alcanzan frente a la fría realidad de los cuerpos, la cal viva y las fosas, en Málaga y en todos los demás lugares de España; las cifras tampoco son suficientes; ni las estremecedoras cifras de Málaga, ni las de otros lugares, ni las de el conjunto de todos éstos y todas las fosas clandestinas que aún restan por exhumar, los ‘niños perdidos’ que aún restan por encontrar.
El mero hecho de pensar que el actual Jefe del Estado otorgó el título nobiliario de “Marquesado de Arias-Navarro” con categoría de Grandeza de España, noble entre los nobles, y que uno y otra siguen vigentes mientras se continúan exhumando cuerpos en Málaga nos llena de vergüenza por la situación de impunidad del franquismo en nuestro país y por la inmoral actuación del conjunto de nuestras instituciones y también nos llena de rechazo hacia esa “nobleza franquista”, de los genocidas ensalzados con títulos y honores que transmiten a sus descendientes mientras los de sus decenas de miles de víctimas, muchas veces todavía condenados como criminales, no reciben ni sus restos mortales y se les niegan sus más elementales derechos humanos y los derechos a la verdad, justicia y reparación y se ven obligados a peregrinar de fosa en fosa.
Por todo ello requerimos respetuosa y públicamente al actual Jefe del Estado, Juan Carlos I:
a) Requerimos la inmediata nulidad del título del Marquesado de Arias-Navarro, con Grandeza de España, también conocido como el “carnicero de Málaga”, creado mediante Real Decreto de 2 de julio de 1976, en virtud de sus específicas prerrogativas en materia de títulos nobiliarios; y junto a éste el de todos y cada uno de los restantes títulos nobiliarios de exaltación del franquismo concedidos por él Rey Juan Carlos o por el dictador Franco, más de veinte en total que injustificablemente continúan todavía en vigor.
b) Requerimos que el Jefe del Estado, que hasta la fecha no ha tenido hueco en su apretada agenda institucional y deportiva de los últimos 35 años para visitar ni una sola fosa común de los cientos que hieren nuestra geografía, se persone en la fosa de Málaga para que pueda ver por si mismo el alcance del genocidio llevado a cabo allí y de la responsabilidad de los hechos de los que fue partícipe quien da nombre a su marquesado, así como acercarse al dolor de los familiares de las víctimas de aquello en lo que fue partícipe a quien él concedió “Grandeza de España”. Nuestro país continúa siendo el segundo país del mundo en desaparecidos en fosas comunes, tan sólo superado porla Camboya de Pol Pot y la reponsabilidad de Estado en que ello siga siendo así por parte de todos nuestros altos representantes, más aún el jefe del Estado, es incontestable.
c) Requerimos que el Jefe del Estado pida perdón a los familiares de las víctimas de quien el ensalzó como noble entre los nobles, con grandeza de España. Y en razón de lo mismo requerimos también que, como alto representante del Estado, exprese su clara condena al constante insulto al que son sometidas las familias de todos los asesinados del franquismo cada vez que algún representante institucional del Estado califica como “sentencias” lo que son viles asesinatos que el derecho penal internacional no duda en calificar, en cambio, como “crimen de guerra” (“Las condenas dictadas y las ejecuciones efectuadas sin sentencia previa pronunciada por un tribunal constituido regularmente y que haya ofrecido todas las garantías judiciales generalmente reconocidas como indispensables”, artículo 8.2. c, iv del Estatuto de Roma relativo a los crímenes de guerra). Todos tenemos presente otros actos de Estado como el de Kevin Rudd en el Parlamento de Australia ante los familiares de las Stolen Generations o el de Willy Brandt en Varsovia ante las víctimas del nazismo y forma parte de todos los deberes de "verdad, justicia y reparación" que deben ser cumplidos en su totalidad.
d) Requerimos que el Jefe de Estado reconozca y condene el genocidio llevado a cabo por Franco y los generales golpistas contra el pueblo español, localidad a localidad que iba cayendo bajo su control. Que se posicione públicamente a favor de la persecución penal de los crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, imprescriptibles, y cualesquiera otros ante los tribunales de justicia
e) Requerimos que el Jefe del Estado explique qué conocimiento tuvo entre el 22 de noviembre de 1975 y el 6 de diciembre de 1978, antes de la entrada en vigor de su inviolabilidad penal en el orden interno, de la consumación permanente, día a día, de las víctimas adultas e infantiles del delito de desaparición forzada de personas.
f) Requerimos que explique qué conocimiento tuvo, a partir de entonces, de la aplicación ilegal de la ley de amnistía para impedir los juicios penales y, en especial, del incumplimiento de los sucesivos tratados internacionales en materia de derechos humanos rubricados por el mismo en ejercicio de sus funciones constitucionales.
g) Requerimos que, como jefe del Estado y dentro del ejercicio de sus funciones constitucionales en asuntos de Estado promueva el normal cumplimiento del Convenio Europeo de Derechos Humanos y otros instrumentos y de los deberes de “verdad justicia y reparación” a favor de todas las víctimas del franquismo y del posterior periodo de impunidad. La "investigación oficial efectiva e independiente" de todos los crímenes del franquismo que nos reclama la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y que en nuestro país nuestro sistema de justicia continúa vulnerando. Empezando por las circunstancias de la muerte de esos 349 niños encontrados en la fosa de Málaga, parte del exterminio infantil llevado a cabo por el franquismo en centros de detención ilegal, bombardeo de población civil y asesinatos de menores también llevadas a cabo.
h) Requerimos que, como Jefe del Estado, cumpla con su obligación de revelar a todas las familias de los desaparecidos del fraquismo el paradero de los seres queridos que les fueron arrebatados por los agentes del Estado o con su directa aquiescencia y la digna restitución de sus restos mortales o la identidad y paredero de aquellos que continuen con vida.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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El “carnicero de Málaga” continúa siendo “grande de España"
Requerimiento público al Rey de España para que comparezca en la fosa común de Málaga y declare nulo el Marquesado de Arias-Navarro
Miguel Ángel Rodríguez Arias
Rebelión
El dolor de las víctimas de Málaga es el dolor de todas las víctimas del franquismo y el fascismo internacional, asesinados sepultos o insepultos, desaparecidos, exterminados en las prisiones, pequeños víctimas de desaparición infantil, deportados a los campos nazis, exiliados, torturados, explotados como mano de obra esclava, vejados, largamente expoliados todavía en nuestros días.
Las imágenes hechas públicas de las fosas de Málaga conmueven la conciencia de la humanidad, como en su día las de Badajoz, Gernika y tantos otros lugares de nuestra geografía; son las imágenes del genocidio de un pueblo.
Los conceptos jurídicos, las propias palabras no alcanzan frente a la fría realidad de los cuerpos, la cal viva y las fosas, en Málaga y en todos los demás lugares de España; las cifras tampoco son suficientes; ni las estremecedoras cifras de Málaga, ni las de otros lugares, ni las de el conjunto de todos éstos y todas las fosas clandestinas que aún restan por exhumar, los ‘niños perdidos’ que aún restan por encontrar.
El mero hecho de pensar que el actual Jefe del Estado otorgó el título nobiliario de “Marquesado de Arias-Navarro” con categoría de Grandeza de España, noble entre los nobles, y que uno y otra siguen vigentes mientras se continúan exhumando cuerpos en Málaga nos llena de vergüenza por la situación de impunidad del franquismo en nuestro país y por la inmoral actuación del conjunto de nuestras instituciones y también nos llena de rechazo hacia esa “nobleza franquista”, de los genocidas ensalzados con títulos y honores que transmiten a sus descendientes mientras los de sus decenas de miles de víctimas, muchas veces todavía condenados como criminales, no reciben ni sus restos mortales y se les niegan sus más elementales derechos humanos y los derechos a la verdad, justicia y reparación y se ven obligados a peregrinar de fosa en fosa.
Por todo ello requerimos respetuosa y públicamente al actual Jefe del Estado, Juan Carlos I:
a) Requerimos la inmediata nulidad del título del Marquesado de Arias-Navarro, con Grandeza de España, también conocido como el “carnicero de Málaga”, creado mediante Real Decreto de 2 de julio de 1976, en virtud de sus específicas prerrogativas en materia de títulos nobiliarios; y junto a éste el de todos y cada uno de los restantes títulos nobiliarios de exaltación del franquismo concedidos por él Rey Juan Carlos o por el dictador Franco, más de veinte en total que injustificablemente continúan todavía en vigor.
b) Requerimos que el Jefe del Estado, que hasta la fecha no ha tenido hueco en su apretada agenda institucional y deportiva de los últimos 35 años para visitar ni una sola fosa común de los cientos que hieren nuestra geografía, se persone en la fosa de Málaga para que pueda ver por si mismo el alcance del genocidio llevado a cabo allí y de la responsabilidad de los hechos de los que fue partícipe quien da nombre a su marquesado, así como acercarse al dolor de los familiares de las víctimas de aquello en lo que fue partícipe a quien él concedió “Grandeza de España”. Nuestro país continúa siendo el segundo país del mundo en desaparecidos en fosas comunes, tan sólo superado porla Camboya de Pol Pot y la reponsabilidad de Estado en que ello siga siendo así por parte de todos nuestros altos representantes, más aún el jefe del Estado, es incontestable.
c) Requerimos que el Jefe del Estado pida perdón a los familiares de las víctimas de quien el ensalzó como noble entre los nobles, con grandeza de España. Y en razón de lo mismo requerimos también que, como alto representante del Estado, exprese su clara condena al constante insulto al que son sometidas las familias de todos los asesinados del franquismo cada vez que algún representante institucional del Estado califica como “sentencias” lo que son viles asesinatos que el derecho penal internacional no duda en calificar, en cambio, como “crimen de guerra” (“Las condenas dictadas y las ejecuciones efectuadas sin sentencia previa pronunciada por un tribunal constituido regularmente y que haya ofrecido todas las garantías judiciales generalmente reconocidas como indispensables”, artículo 8.2. c, iv del Estatuto de Roma relativo a los crímenes de guerra). Todos tenemos presente otros actos de Estado como el de Kevin Rudd en el Parlamento de Australia ante los familiares de las Stolen Generations o el de Willy Brandt en Varsovia ante las víctimas del nazismo y forma parte de todos los deberes de "verdad, justicia y reparación" que deben ser cumplidos en su totalidad.
d) Requerimos que el Jefe de Estado reconozca y condene el genocidio llevado a cabo por Franco y los generales golpistas contra el pueblo español, localidad a localidad que iba cayendo bajo su control. Que se posicione públicamente a favor de la persecución penal de los crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, imprescriptibles, y cualesquiera otros ante los tribunales de justicia
e) Requerimos que el Jefe del Estado explique qué conocimiento tuvo entre el 22 de noviembre de 1975 y el 6 de diciembre de 1978, antes de la entrada en vigor de su inviolabilidad penal en el orden interno, de la consumación permanente, día a día, de las víctimas adultas e infantiles del delito de desaparición forzada de personas.
f) Requerimos que explique qué conocimiento tuvo, a partir de entonces, de la aplicación ilegal de la ley de amnistía para impedir los juicios penales y, en especial, del incumplimiento de los sucesivos tratados internacionales en materia de derechos humanos rubricados por el mismo en ejercicio de sus funciones constitucionales.
g) Requerimos que, como jefe del Estado y dentro del ejercicio de sus funciones constitucionales en asuntos de Estado promueva el normal cumplimiento del Convenio Europeo de Derechos Humanos y otros instrumentos y de los deberes de “verdad justicia y reparación” a favor de todas las víctimas del franquismo y del posterior periodo de impunidad. La "investigación oficial efectiva e independiente" de todos los crímenes del franquismo que nos reclama la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y que en nuestro país nuestro sistema de justicia continúa vulnerando. Empezando por las circunstancias de la muerte de esos 349 niños encontrados en la fosa de Málaga, parte del exterminio infantil llevado a cabo por el franquismo en centros de detención ilegal, bombardeo de población civil y asesinatos de menores también llevadas a cabo.
h) Requerimos que, como Jefe del Estado, cumpla con su obligación de revelar a todas las familias de los desaparecidos del fraquismo el paradero de los seres queridos que les fueron arrebatados por los agentes del Estado o con su directa aquiescencia y la digna restitución de sus restos mortales o la identidad y paredero de aquellos que continuen con vida.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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III JORNADAS DE ENCUENTRO EN TORNO AL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE ALBATERA [05/03/2010]
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III JORNADAS DE ENCUENTRO EN TORNO AL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE ALBATERA[05/03/2010]
El Próximo sábado 13 de marzo del 2010 darán comienzo las jornadas, las cuales rendirán homenaje al “poeta del pueblo” Miguel Hernández, al cumplirse el centenario de su nacimiento, e incluirán en su programación una mesa redonda, donde se debatirá sobre la importancia de su figura dentro del ideario cultural republicano. El compromiso de Miguel Hernández con la libertad y la justicia ha sido un ejemplo para las generaciones que hemos tomado el relevo en las luchas que sostuvo contra el totalitarismo y el fascismo. Se celebraran dos actividades al mismo tiempo: la exposición “Manuel Azaña y la II República” donde se muestra abundante documentación sobre la figura del presidente Manuel Azaña y la “Feria del libro de la Memoria”, donde editoriales y librerías expondrán las novedades literarias relacionadas con esta temática.
Las jornadas cumplen su tercer año consecutivo, consolidándose como un referente de reflexión y debate sobre la recuperación de la memoria histórica colectiva así como de difusión de lo que supuso en concreto el campo de Concentración de Albatera dentro de la dictadura franquista.
El evento, organizado por la coordinadora de la Asociación por la Memoria Histórica de Alicante (COAMHI), contara con un encuentro de asociaciones para la recuperación de la memoria histórica del Estado español, así como una feria del libro sobre esta temática.
Las jornadas contaran con especialistas que abordaran entre los otros el sistema de concentración franquista y el “Compromiso y vigencia de Miguel Hernández”, a través de una mesa redonda. Se realizara también un homenaje al poeta oriolano con la proyección del documental “Eterna Sombra”, de Carlos Escolano. También, un homenaje a las víctimas de la represión franquista que tendrá lugar en el monumento de la CNT-FAI, donde se depositara una corona de flores y se leerá un manifiesto en homenaje a las víctimas del franquismo.
Actividades: El sistema concentracionario franquista. Proyección de un documental inédito sobre Manuel Azaña. Exposición “Manuel Azaña y la II República”. Homenaje a las víctimas de la represión franquista en el Campo de Albatera. Homenaje republicano al “poeta del pueblo” Miguel Hernández. Proyección del documental “eterna Sombra” de Carlos Escolano. Mesa redonda: Compromiso y vigencia de Miguel Hernández. Lectura popular de poesías de Miguel Hernández.
“El campo de Albatera fue uno de los primeros campos de concentración abiertos en España tras el fin de la guerra civil en el puerto de Alicante el 1 de Abril de 1939. En el fueron internados cerca de 15.000 republicanos, que procedentes de todos los puntos de la geografía española se agolparon en las bocanas del puerto a la espera de los barcos que enviarían las fuerzas democráticas internacionales para su evacuación. Estos barcos nunca llegaron, y todos los republicanos fueron apresados y conducidos al improvisado campo de los Almendros y, desde allí, la mayoría fueron trasladados al Campo de Concentración de Albatera. Conocidas son las torturas, humillaciones y fusilamientos a los que fueron sometidos en este campo que permanecería abierto durante cerca de siete meses hasta su cierre que coincidiría con el inicio de la II Guerra Mundial”.
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III JORNADAS DE ENCUENTRO EN TORNO AL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE ALBATERA[05/03/2010]
El Próximo sábado 13 de marzo del 2010 darán comienzo las jornadas, las cuales rendirán homenaje al “poeta del pueblo” Miguel Hernández, al cumplirse el centenario de su nacimiento, e incluirán en su programación una mesa redonda, donde se debatirá sobre la importancia de su figura dentro del ideario cultural republicano. El compromiso de Miguel Hernández con la libertad y la justicia ha sido un ejemplo para las generaciones que hemos tomado el relevo en las luchas que sostuvo contra el totalitarismo y el fascismo. Se celebraran dos actividades al mismo tiempo: la exposición “Manuel Azaña y la II República” donde se muestra abundante documentación sobre la figura del presidente Manuel Azaña y la “Feria del libro de la Memoria”, donde editoriales y librerías expondrán las novedades literarias relacionadas con esta temática.
Las jornadas cumplen su tercer año consecutivo, consolidándose como un referente de reflexión y debate sobre la recuperación de la memoria histórica colectiva así como de difusión de lo que supuso en concreto el campo de Concentración de Albatera dentro de la dictadura franquista.
El evento, organizado por la coordinadora de la Asociación por la Memoria Histórica de Alicante (COAMHI), contara con un encuentro de asociaciones para la recuperación de la memoria histórica del Estado español, así como una feria del libro sobre esta temática.
Las jornadas contaran con especialistas que abordaran entre los otros el sistema de concentración franquista y el “Compromiso y vigencia de Miguel Hernández”, a través de una mesa redonda. Se realizara también un homenaje al poeta oriolano con la proyección del documental “Eterna Sombra”, de Carlos Escolano. También, un homenaje a las víctimas de la represión franquista que tendrá lugar en el monumento de la CNT-FAI, donde se depositara una corona de flores y se leerá un manifiesto en homenaje a las víctimas del franquismo.
Actividades: El sistema concentracionario franquista. Proyección de un documental inédito sobre Manuel Azaña. Exposición “Manuel Azaña y la II República”. Homenaje a las víctimas de la represión franquista en el Campo de Albatera. Homenaje republicano al “poeta del pueblo” Miguel Hernández. Proyección del documental “eterna Sombra” de Carlos Escolano. Mesa redonda: Compromiso y vigencia de Miguel Hernández. Lectura popular de poesías de Miguel Hernández.
“El campo de Albatera fue uno de los primeros campos de concentración abiertos en España tras el fin de la guerra civil en el puerto de Alicante el 1 de Abril de 1939. En el fueron internados cerca de 15.000 republicanos, que procedentes de todos los puntos de la geografía española se agolparon en las bocanas del puerto a la espera de los barcos que enviarían las fuerzas democráticas internacionales para su evacuación. Estos barcos nunca llegaron, y todos los republicanos fueron apresados y conducidos al improvisado campo de los Almendros y, desde allí, la mayoría fueron trasladados al Campo de Concentración de Albatera. Conocidas son las torturas, humillaciones y fusilamientos a los que fueron sometidos en este campo que permanecería abierto durante cerca de siete meses hasta su cierre que coincidiría con el inicio de la II Guerra Mundial”.
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Tributo a Miguel Hernández. Diversos escritores. El País Semanal.
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Tributo a Miguel Hernández
Homenaje al genial escritor en el centenario de su nacimiento. Escriben: Antonio Muñoz Molina, Elena Medel, Luis Muñoz, Alfonso Guerra, Benjamín Prado, Joan Manuel Serrat, Eutimio Martín y Luis García Montero
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'Nacido para el luto',
por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
A Miguel Hernández todo le pasó en un tiempo muy breve, pero su vida es una larga cadena de esperas. Habría que sustraer, de los pocos años que vivió, todas las horas, los días, los meses que se pasó esperando algo, desesperando de que no llegara, enviando peticiones de ayuda a personas siempre mejor situadas que él que no tenían el tiempo o las ganas de contestar a sus demandas. Otros disfrutaban el resguardo de una posición social o de un privilegio literario o político: Miguel Hernández se supo siempre a la intemperie, en la paz y en la guerra, en la literatura y en la vida, en la cárcel y en la cercanía de la muerte. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando a que lo trasladaran a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez.
Escribía cartas y aguardaba respuestas con expectación angustiada: cartas a su novia, Josefina Manresa; cartas a los amigos, a los que pedía favores apremiantes, dinero prestado, influencias; cartas a los poetas célebres, a los que asediaba con una mezcla de orgullo insensato y tosco servilismo; cartas desde la cárcel, en los últimos años de su vida, solicitando avales políticos, gestos de clemencia, noticias sobre el hijo demasiado pequeño y demasiado frágil que tal vez acabaría teniendo el mismo destino del hijo anterior, muerto a los 10 meses, amortajado con los ojos abiertos, con el mismo gesto atónito que se le quedó a él mismo cuando velaban su cadáver: unos ojos muy grandes, desorbitados por la enfermedad de la tiroides, sobre cuyo color exacto no hay acuerdo entre los testimonios de quienes lo conocieron. Qué podemos saber de verdad sobre la vida de alguien que murió no hace tanto, en 1942, si los testigos ni siquiera concuerdan en el color de sus ojos: Miguel Hernández los tenía verdes y muy claros, o muy azules, resaltando más en su cara morena; o los tenía pardos, según dice uno de sus biógrafos, Eutimio Martín, aportando la prueba de su ficha militar y la de su filiación de prisionero.
Lo que atestiguan sin duda las fotografías es el tamaño y la expresión de los ojos, la atención fija en todo, la mirada de una desarmada franqueza que es todavía más visible en el dibujo que le hizo Antonio Buero Vallejo en la cárcel. Fue ese dibujo el que convirtió a Miguel Hernández no en un hombre real, sino en un icono reverenciado de algo, de muchas cosas, demasiadas, cuando lo veíamos reproducido en los pósters del antifranquismo, en nuestras galerías de retratos de la resistencia, junto a Lorca, junto a Antonio Machado, tal vez también junto a Salvador Allende, Che Guevara, Dolores Ibárruri. En ciertos bares, en ciertos pisos de estudiantes, la cara y la mirada de Miguel Hernández formaban parte de un paisaje visual que también incluía las reproducciones del Guernica. Era difícil pensar entonces que aquel retrato hubiera sido el de un hombre real, no un santo laico ni un mártir ni un símbolo, un hombre, además, que si hubiera vivido no sería entonces muy viejo, porque había nacido ya bien entrado el siglo, en 1910.
Estremece siempre hacer las cuentas de su edad: con 22 años hizo su primer viaje a Madrid y publicó su primer libro de poemas; no había cumplido 26 cuando logró por primera vez la maestría indudable de El rayo que no cesa; tres años después, la guerra ya perdida, entró por segunda vez en la cárcel y no volvió a salir de ella. Pero la rapidez de todo se vuelve más asombrosa cuando contrastamos la altura de sus logros mejores con su punto de partida. Hacia 1937, Miguel Hernández empezó a escribir poemas con una voz y un despojo que no se parecen a nada en la literatura española, y muy poco antes había alcanzado ya un dominio de lenguaje y de las formas poéticas en el que estaba comprimida por igual la disciplina de la tradición clásica y la libertad del surrealismo: pero sólo unos años atrás, a finales de los veinte, su horizonte poético era todavía el de la retórica averiada de los juegos florales, cuando no el todavía más horrendo de la poesía entre sentimental y rústica en dialecto comarcal, muy imitada, de Gabriel y Galán. El mismo hombre que publica en 1937 la Canción del esposo soldado había presentado en 1931 un Canto a Valencia a un concurso oficial en dicha provincia, en el que, bajo el lema Luz�Pájaros�Sol, se sucede una catarata de versos que incluye el siguiente pareado: Con emoción agarro?/ el musical guitarro.
Tenía desde que encontró su vocación, en la primera adolescencia, la desvergonzada capacidad de mimetismo de los grandes autodidactas, el amor agraviado por el saber de quien fue apartado demasiado pronto de la escuela. Una leyenda que él mismo se ocupó de alimentar ha exagerado la pobreza de sus orígenes, y contribuido fatalmente al malentendido paternalista y populista que hace de él un talento rústico, una especie de diamante en bruto. Es verdad que Miguel Hernández dejó la escuela a los 14 años y se puso a cuidar cabras, pero las cabras pertenecían a los rebaños de su padre, que era un hombre de cierta posición. Más que la pobreza, lo que debió de herirlo cuando tuvo que abandonar la escuela fue la vejación de verse a sí mismo pastoreando cabras mientras otros con menos inteligencia natural que él continuaban en las aulas; también la sinrazón de una brutal autoridad paterna que no por ser propia de la época era menos hiriente para su espíritu innato de rebeldía y de justicia. El padre despótico veía la luz encendida a altas horas de la noche en el cuarto del niño lector y lo castigaba a correazos y a patadas (20 años después su hijo estaba muriéndose de neumonía y tuberculosis en la prisión de Alicante y no se molestó en visitarlo).
Pero se marchaba el padre y Miguel Hernández volvía a encender la luz y recobraba el libro escondido, muy usado, alguno de los que encontraba en la biblioteca pública o en la de un sacerdote de Orihuela, el padre Almarcha, que empezó siendo su protector y fue luego uno de sus muchos verdugos. Leía de noche a la poca luz de una bombilla o de un candil, y cuando salía con las cabras llevaba el libro escondido en el zurrón y seguía leyendo, devorando toda la poesía española que encontraba, la buena y la mala, lector omnívoro a la manera de los autodidactas que no tienen más guía que su propio entusiasmo, originado quién sabe dónde. Nada de lo que a otros les estuvo siempre asegurado fue fácil para él: nada de lo más elemental, el papel, la pluma, la tinta, la mesa. Escribía versos en papel de estraza con un cabo de lápiz. Quería escribir y no tenía dónde apoyarse. Una piedra, el lomo de una cabra. Hay que leer sus poemas juveniles para darse cuenta de la penuria estética de la que partió, de la clase de talento y de furiosa voluntad que le fueron necesarios para sobreponerse a limitaciones invencibles. Entre la retórica mal digerida de la poesía barroca y de los atroces versificadores tardorrománticos y tardomodernistas, en esos poemas aparece un fogonazo de realidad observada de cerca, de naturaleza y vida animal y exasperación humana de soledad y deseo: Miguel Hernández, pastoreando cabras, copia laboriosamente los lugares comunes más decrépitos de la poesía pastoril, pero le sale de pronto una desvergüenza sexual campesina, una claridad expresiva que con el paso del tiempo será uno de los rasgos más originales de su voz poética, el arte supremo de hacer literatura llamando a las cosas por su nombre.
Tampoco tuvo vergüenza para medrar cuando le fue necesario: para cultivar un personaje que al despertar simpatías le beneficiaba en sus propósitos, pero también lo hacía vulnerable a la condescendencia, bienintencionada o malévola. Empezó jugando a ser el "pastor poeta" del primitivismo pintoresco, y en la sociedad literaria de Madrid en vísperas de la guerra siguió siendo, entre hijos de buena familia con inclinaciones izquierdistas, damas de sociedad y diplomáticos, el campesino moreno y exótico, el inocente y bondadoso que llevaba alpargatas y pantalón de pana que podía ser entrañable, pero no siempre era invitado a las reuniones de buen tono. Miguel Hernández, que persiguió con calculada adulación y sincero fervor a tantos de sus contemporáneos -la adulación y el fervor, en su caso, eran compatibles-, quizá no tuvo entre los literatos de Madrid ningún amigo de verdad salvo Vicente Aleixandre. En la intemperie de su vida había una soledad que no aliviaba nadie: Ya vosotros sabéis / lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo. / Andando voy, tan solos yo y mi sombra. Provocaba incomodidad, cuando no abierto rechazo. Rafael Alberti en verso y María Teresa León en prosa le atribuyen sin demasiados eufemismos un olor poco adecuado para las cercanía sociales. García Lorca no se presentaba en una casa si sabía que Miguel Hernández estaba en ella. Llamó por teléfono a Aleixandre con la intención de ir a visitarlo, y al enterarse de la presencia de Hernández no se contuvo: "Échalo".
De todo aquel grupo, sólo él conoció de primera mano el trabajo manual, sólo él pasó hambre al llegar a un Madrid en el que se le cerraban todas las puertas y en el que daba vueltas por las calles con el estómago vacío y con una carpeta de versos mecanografiados bajo el brazo, esperando a ser recibido por alguien importante, esperando a que apareciera en un periódico una entrevista prometida, a que le llegara un giro con algo de dinero que le permitiese prolongar un poco más la espera. Llegó la guerra y también fue él quien la conoció de cerca y de verdad, por decisión propia. Para entonces había empezado a disfrutar algo de lo tanto tiempo esperado, la visibilidad que le trajo la publicación de El rayo que no cesa, celebrado públicamente nada menos que por Juan Ramón Jiménez en el diario El Sol, lo cual equivalía a una consagración. En la guerra, Miguel Hernández entra en posesión de todas sus mejores facultades como poeta y como militante político, pero también en eso lo acompañan el malentendido y la leyenda, la dificultad de encajar en los estereotipos de nadie. Su evolución política no es menos chocante que la rapidez de su maduración literaria: en 1935 aún escribía poemas y conatos de autos sacramentales influidos por el catolicismo entre místico y fascista de su amigo Ramón Sijé; en septiembre de 1936 es miembro del Partido Comunista y cava trincheras recién alistado en el Quinto Regimiento. Pero tampoco cuadra, ni física ni metafóricamente, en la fotografía canónica de los poetas comprometidos con la causa republicana: vive con los soldados en los frentes, no en los despachos de la Alianza de Intelectuales. Y cuando en 1939 todo se derrumba, él se queda vagando en la intemperie de Madrid mientras casi todos los demás encuentran el camino del exilio. No hubo plaza en ningún avión ni pasaporte de última hora para quien había puesto su vida entera, su nombre y su literatura al servicio de la República; para quien no podría esperar clemencia de los vencedores ni tampoco esconderse en el anonimato.
Demasiado inocente o demasiado aturdido por la derrota, elige la peor huida posible y va a meterse él solo en la boca del lobo. Como Lorca buscando refugio en Granada, Miguel Hernández regresa con cabezonería suicida a su pueblo y a la cercanía de su mujer y su hijo, y en septiembre de 1939, ni siquiera con 29 años cumplidos, cae en la red de las cárceles y los procesos sumarísimos para no salir ya nunca. Nadie mejor que los paisanos y los convecinos de uno para abatirlo a traición con la quijada de Caín. El trato que recibe de los vencedores -civiles, militares, eclesiásticos- revela la catadura de un régimen construido expresamente sobre la venganza de clase. Miguel Hernández es el retrato robot del vencido, el enemigo perfecto.
Pero su martirio real no nos exime de la necesidad de mirar su figura completa como escritor y como hombre, que es mucho más rica que todos los estereotipos levantados sobre ella. Vivió en su tiempo, no en el nuestro. Hizo poemas a la Virgen María y también los hizo a Stalin. Cuando la cultura predominante en España era la antifranquista, Miguel Hernández fue elevado a un altar en el que convenía que destacara la parte más combativa de su obra, el estatuto de poeta voluntariamente popular que él asumió con todas las de la ley en los años de la guerra y que culmina en Vientos del pueblo; también, aunque en menor medida, en El hombre acecha, donde tan visible como la militancia política es el desaliento por la carnicería y la destrucción que ya duran demasiado, el puro espanto ante lo peor de la condición humana: Se ha retirado el campo / al ver abalanzarse / crispadamente al hombre.
Pero en la ansiosa modernidad de los años ochenta, de pronto, ya no había sitio para Miguel Hernández: los mismos rasgos que habían contribuido a su consagración ahora lo volvían anacrónico. En un país donde no hay actitud intelectual más celebrada que el desdén, nada era más fácil de repente que desdeñar a Miguel Hernández: había que ser cosmopolitas, y él resultaba demasiado autóctono; neuróticamente urbanos, y Hernández parecía demasiado rural; adictos a las modas capilares e indumentarias, y él permanecía congelado en su cabeza rapada y sus ropas de pana. En una época, los años ochenta, en la que estaba de moda despreciar con un mohín a Antonio Machado, Miguel Hernández tenía algo de antigualla embarazosa. No era un poeta: era una letra de canción anticuada.
Quizá ahora estamos en condiciones de mirarlo como fue y de leer de verdad su poesía, más allá de los pocos poemas que algunos recordamos todavía, los que se hicieron célebres en la resistencia y en la primera transición. El trabajo acumulado de los biógrafos -Agustín Sánchez Vidal, José Luis Ferris, Eutimio Martín- nos permite un conocimiento sólido de una vida demasiado breve y mucho más rica en pormenores y resonancias que cualquier estereotipo: la vida no de un inocente, ni de un buen salvaje exótico, ni la de un santo, sino la de un hombre que sobreponiéndose a circunstancias terribles logró hacer de sí mismo aquello que soñó desde que era un chaval pastoreando cabras: un poeta y un hombre en la plenitud de su albedrío.
En una literatura tan pudibunda y tan temerosa de lo sentimental como la española, él escribió sin reparo sobre el deseo sexual, sobre su ternura masculina de esposo y de padre. Su mejor poesía política conserva una fuerza de belleza y rebeldía que la hace muy superior a la de Neruda. Neruda no habría escrito jamás, por ejemplo, El tren de los heridos. Le faltaba empatía verdadera hacia los seres humanos, y no había compartido sus padecimientos. Neruda se declaró siempre maestro de Hernández, y sin duda lo fue en algún momento, pero yo tengo la sospecha de que el Canto General le debe a Vientos del pueblo mucho más de lo que el propio Neruda habría estado dispuesto a reconocer. En Miguel Hernández lo más íntimo y lo más político, la emoción privada y la arenga pública, se conjugan más estrechamente que en ningún otro poeta. Y en el Cancionero y romancero de ausencias, la hondura y el despojo provocan un estremecimiento que es el de las cimas más solitarias de la literatura, el del Libro de Job y las Coplas de Jorge Manrique y François Villon y Fray Luis de León y la Balada de la cárcel de Reading y Antonio Machado. Toda retórica ha sido abolida, todo rastro de amaneramiento. Los versos tienen a veces una impersonalidad desnuda de poesía popular, de letra flamenca o de romance antiguo; en ellos se nota la doble sombra triste de Machado y de Lorca, los otros dos poetas aniquilados por la guerra: Písame,/ que ya no me quejo./ Ódiame,/ que ya no lo siento./ No me olvides/ que aún te recuerdo/ debajo del plomo/que embarga mis huesos.
Demasiado viene durando ya la espera. Ahora que va a hacer un siglo que nació ha llegado el tiempo de leer a Miguel Hernández.
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'Inocencia y compromiso',
por ALFONSO GUERRA
La celebración del centenario del nacimiento de Miguel Hernández es ocasión propicia para animar a los jóvenes a leer a uno de los más grandes poetas en lengua castellana y para hacer una relectura fiel a los valores literarios del poeta.
El objetivo de lograr que Hernández se conozca se explica por la inmensa calidad y calidez de su obra y por un acto de justicia histórica, para no añadir una herida más, la del olvido, al hombre y al poeta que declamó: Con tres heridas yo/ la de la vida/ la de la muerte/ la del amor.
La lectura fiel, adecuada, de su obra es para desterrar el tópico de un Miguel Hernández cuya actuación política desmereció su calidad artística.
A lo largo de su vida, Miguel Hernández dio siempre pruebas de su inocencia y a la vez de su vocación comprometida. Sus inicios como poeta –escribe sus primeros versos a la edad de 15 años mientras pastorea las cabras de la familia– muestran su contemplación admirada del mundo que le rodea, riscos, arroyos y pájaros cantores.
Pronto cambiará el poeta los paisajes de Orihuela por la poesía gongorina –¿quería demostrar al universo poético madrileño y a sí mismo que él también podía escribir esa poesía culta?–. Mas no tardará el poeta en dedicar sus esfuerzos a una poesía religiosa que ha de tenerse como la mejor del género en la primera mitad del siglo XX.
Su segundo viaje a Madrid y, especialmente, su conocimiento de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre darán un giro a sus preocupaciones líricas. No rechazará su neocatolicismo, simplemente se le olvida la devoción: Me libré de los templos, sonreídme,/ donde me consumía con tristeza de lámpara/ encerrado en el poco aire de los sagrarios.
El conflicto de ausencia de Dios lo sustituye el poeta por la ausencia de la mujer amada. Miguel encuentra el amor, se enamora de Josefina y ya nada será igual, el amor deja de pertenecer al universo del pecado para franquear las puertas de la felicidad, del goce natural, de la naturaleza, volviendo así a su formación infantil en los campos: Salté al monte de donde procedo.
El libro de poemas amorosos El rayo que no cesa marcará una ruptura en la vida y la obra de Miguel. Aparece la pena del poeta, la pena de amor insatisfecho, la pena de tantos elementos espirituales con los que el joven poeta quiere marcar una cesura con su etapa de catolicismo; ya ha sentido la influencia de la poesía sin pureza de Pablo Neruda, y lo confiesa con su nítida claridad: Me llamo barro aunque Miguel me llame./ Barro es mi profesión y mi destino/ que mancha con su lengua cuanto lame.
Será el estallido de la guerra la circunstancia que señalará el compromiso de Miguel. Se alistará con pronta voluntad al Quinto Regimiento. Sin uso de las especiales condiciones que asistían a los intelectuales que apoyaron la República, marchará al frente como zapador sin tomar en consideración la oportunidad de la que otros disfrutaban de permanecer en la retaguardia, en el Palacio Heredia-Spínola, sede de la Alianza de los Intelectuales Antifascistas, donde estaban sus amigos poetas.
Mas lo que importa es cuál fue la evolución de su espíritu poético, qué cambios produce en la obra del poeta las circunstancias de la guerra. Miguel creará una nueva poética, dedicará sus versos a los soldados que defienden los valores republicanos. Escribirá poesía bélica, comprometida, con el objetivo de flagrar la lucha por la civilización de los soldados, para hacer resplandecer como fuego o llama la causa de la justicia. Publicará Viento del pueblo con un subtítulo que nos confirma cuál es la motivación de la obra: Poesía en guerra.
Durante años el poemario bélico de Miguel no fue aceptado por los especialistas y escritores. El prejuicio de considerar al rapsoda de guerra como el intelectual que acata las consignas políticas y las pone en verso les cegó, no supieron acceder a la profunda emoción que anidaba en la conciencia del poeta lo injusto de la guerra.
Hernández ejercita su compromiso político esgrimiendo la palabra pura, inocente, como un arma más, nos narra lo que ve y, sobre todo, lo que siente, en una práctica poética en primera persona que construye un espacio de quejas y bravuras, animando a los soldados fruto de vientres pobres a desquijarar leones para liberar a España de la invasión fascista.
La justicia de la historia ha ido transmutando las opiniones críticas acerca de tan serio y humano poemario. Así, en la década de los sesenta, José Manuel Caballero Bonald, sin temor ni prejuicio, afirmará: “Se trata de uno de los libros más emocionantes, limpios y fervorosos que ha producido la poesía española en la primera mitad del siglo XX”.
Y es que Miguel Hernández, cuando muestra su compromiso con la causa republicana en sus poemas no lo hace abdicando de su condición de poeta, de su oficio; concreta su compromiso con la palabra, con su bien decir, con su bien nombrar las cosas, ¿no es ésta la función de la poesía?
Para su canto épico Miguel no encontrará más verso que el romance, como idóneo canto narrativo, pero hará un romance subjetivo, en primera persona, en clave de biografía propia, con el que nos revela su función: Si yo salí de la tierra,/ si yo he nacido de un vientre/ desdichado y con pobreza,/ no fue sino para hacerme/ ruiseñor de las desdichas,/ eco de la mala suerte,/ y cantar y repetir/ a quien escucharme debe/ cuanto a penas, cuanto a pobres,/ cuanto a tierra se refiere.
El ruiseñor de las desdichas está aún más claramente aplicado a la contienda político-militar, en una prueba más de que su compromiso político no le separa de su inocencia poética, en el poema Vientos del pueblo me llevan: Cantando espero a la muerte,/ que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas.
Miguel es un ruiseñor que canta en medio de las batallas, un poeta que crea con la pureza del alma mientras suenan los obuses y se rompen las entrañas. Pues Miguel se sentía poeta, como confiesa en la dedicatoria del libro a Vicente Aleixandre: “A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres. (…) Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidos al pie de cada siglo”.
En cuanto a la militancia en organizaciones políticas sabemos que fue presidente de las Juventudes Socialistas de Orihuela, cargo que pronto abandonaría para mantenerse distante de la militancia política. Tras su muerte se habló con insistencia de su pertenencia durante la guerra al Partido Comunista, aunque tal circunstancia fue siempre negada por su esposa, pero ya en la década de los noventa se halló la ficha de afiliación de Hernández al Quinto Regimiento, en el que aparece como militante comunista. Es éste un dato claro, aunque algunos autores dudan de su veracidad debido a las irregulares circunstancias de los registros propios de la guerra.
El poeta comprometido sufriría algunos cambios en su actitud con los acontecimientos que se sucederían. Tras su visita a la URSS, María Zambrano explicó: “Fue a la vuelta de su viaje a la Unión Soviética cuando en Valencia, en las últimas veces que le vi, aparecía vuelto hacia dentro, enmudecido. Cualquier pregunta hubiese sido improcedente, ya que la respuesta era él, él mismo, a solas con aquello que dentro de su ser sucedía”.
Si desde el comienzo de la guerra en Miguel se produjo una lucha interior entre el deseo de libertad para su pueblo y su odio a la violencia y la muerte, será con la aproximación del final de la contienda, con la acumulación de la visión de tanta sangre y muerte y con la aparición de la consciencia de la derrota cuando afloren los más tiernos sentimientos de tristeza. En contraste, la noticia de la llegada de su hijo explosionará su vitalidad y deseos de futuro, cortados en la raíz con dos hechos cercanos en el tiempo que produjeron el deterioro del poeta, la derrota de los republicanos y la muerte de su hijo.
El poeta ético, moral, había entregado su fe y sometido a riesgo su vida por una causa noble en la que perdería todo lo que le hacía vibrar. Juan Ramón Jiménez, con su acritud habitual, salva a Miguel de sus críticas: “Los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel fue Miguel Hernández”.
Así fue considerado como el poeta del pueblo por los combatientes, argumento utilizado en su procesamiento cuando fue detenido, a pesar de que todos le aconsejaban que se marchase fuera del país y que él optara por buscar a su mujer y a su hijo en Cox, como “el más inocente y confiado de los muchachos” (Carmen Conde).
En la cárcel, gravemente enfermo, sin atención médica, se le dejará morir. Aún se intenta la renuncia de sus ideas a cambio de la libertad y la cura. Se le pide que manifieste haber sido engañado por los “enemigos de España”. ¿Fue tal vez un intento de compensar el gran impacto negativo para los vencedores del asesinato de Federico?
Miguel se niega en un acto de conjunción sublime de su inocencia y su compromiso, el de pensar que no habrían de ser tan perversos como para dejarlo morir en una celda inmunda por negarse a abjurar de sus ideas, y si así fuera cómo podría él romper su compromiso con lo que cree, con lo que alimenta su fe de ser humano que busca la verdad y la justicia. Inocencia y compromiso desde la inicial manifestación de su vocación poética hasta el borde del abismo de una muerte digna para el poeta e ignominiosa para sus no tan indirectos asesinos.
En el procedimiento sumarísimo de urgencia, incoado por la Auditoría de Guerra de Madrid, ninguna acusación de delito alguno se le hace a Miguel, salvo ser autor de algunos poemas que se citan, como la Canción del esposo soldado.
En su declaración el poeta confiesa que su obra recoge la labor que como escritor antifascista y al servicio de la causa del pueblo ha desarrollado durante la guerra, glorificando la causa roja y recomendando la resistencia a la invasión.
La sentencia considera probado que Miguel Hernández ha publicado numerosas poesías, crónicas y folletos y que ello constituye un delito de adhesión a la rebelión, por lo que se le condena a la pena de muerte.
Su actividad poética culmina en una actitud humana que confirma la inocencia y el compromiso de Miguel Hernández, uno de los más grandes poetas de la literatura española.
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'Versos para cantar',
por JOAN MANUEL SERRAT
No toda la poesía vale para ser cantada, ni todos los poetas sirven para escribir canciones.
Cierto que a todo se le puede poner música y que todo puede ser cantado, desde la guía telefónica hasta el manual de instrucciones de un lavavajillas, pero es dudoso que textos de este calado alcancen a conmover a un auditorio como se espera de una buena canción.
Por lo general y salvo excepciones, una buena letra de canción tiene una estructura, un ritmo, una rima, un murmullo que la mece y la transporta mansamente hasta el oído, donde un argumentario manejado con sensibilidad se encargará de acercarla al corazón.
Luego está la música, pero eso ya es otro cantar.
No toda la poesía vale para ser cantada, ni todos los poetas sirven para escribir canciones.
A lo largo de más de cuarenta años de dedicarme a este oficio y de haberlo intentando de maneras varias, incluyendo tentativas de colaboración con plumas contrastadas y brillantes, en alguna ocasión me sorprendió la simpleza de los textos con la que algún reconocido hombre de letras respondió a mis requerimientos de escribir canciones en complicidad. Quizá el vate, convencido de antemano de que la canción popular no pasa de ser un arte menor mas cercano al alfarero que al escultor, cayó en el pecado que denunciaba Antonio Machado: despreciar cuanto se ignora, aunque también cabe la posibilidad de que el buen hombre no supiera hacerlo mejor. Bien sea por lo uno o por lo otro, mi experiencia me reafirma en que de la misma manera que detrás de un buen autor de canciones no hay necesariamente un buen poeta, tampoco al revés o viceversa.
Afortunadamente, también existen García Lorca y Rafael de León y Manolo Vázquez Montalbán y Mario Benedetti, por citar algunos magníficos letristas de canciones por derecho y, al tiempo, buenos poetas como muestra de que entre poesía y canción no media una frontera clara.
A este grupo de poetas manifiestamente musicales corresponde Miguel Hernández. Versos de rima clara y cadencioso ritmo que vienen de fábrica con la música puesta. Poesía escrita para ser cantada.
La mejor prueba de ello es que somos muchos los que con más o menos acierto, con mayor o menor fortuna, nos hemos atrevido a musicar y cantar sus versos, y diría yo que con el beneplácito del autor.
No me parece a mí que se le hubieran caído los anillos escuchando sus versos hechos canción a quien en el prólogo de Viento del pueblo insiste en que los poetas debían estar en el aire y pasar soplados a través de todos los poros. Probablemente no hubiese estado de acuerdo con muchas de las músicas con las que unos y otros hemos envuelto sus poemas, pero sin duda no le hubiera resultado ajena la peripecia.
De hecho, en vida del poeta, Lan Adomian, judío neoyorquino nacido en Ucrania integrante de la Brigada Lincoln, les puso música a algunos de sus poemas con su visto bueno y activa complicidad, y se sabe que trabajó en un himno oficial para la II República que debería haber sustituido al de Riego.
Si no le hubiera gustado que sus poemas olieran a canción, no existiría una Canción del esposo soldado, ni una Canción primera, ni una Canción última.
Titular un libro como: Cancionero y romancero de ausencias indica claramente que concebía esos versos como algo coral, musical y compartido.
Buena parte de sus obras de teatro incluyen pasajes explícitamente escritos como canciones en los que, junto a otras acotaciones, se indican los instrumentos que debían acompañarlos y donde coros como los de vendimiadoras y vendimiadores de El labrador de más aire recuerdan a los que suelen gastarse en las zarzuelas.
Otro ejemplo son las conocidas Nanas de la cebolla, escritas como seguidillas y que envía a su mujer diciéndole: “Ahí te mando coplillas.
Quien ensayó todo un abanico poético, desde la octava real hasta el soneto y el alejandrino, termina apostando por canciones al modo popular.
Como Miguel Hernández, creo en el placer de cantar, de cantar por el gusto de cantar, así como también creo que la canción es un buen modo de difundir la voz de los poetas, aunque confieso que ésa no ha sido nunca la razón que me ha movido a ponerles música. Si algo me ha llevado a hacerlo ha sido el descubrir en versos ajenos aquello que yo quería decir y de la manera en que el otro lo dijo. El resultado de toparme con versos que cantan y que me hicieron cantar con ellos.
Es difícil sustraerse a la simpatía que genera ese hombre que, como dice José Agustín Goytisolo: “Nace, escribe, muere desamparado”, pero, por encima del cariño a la persona y al ideario de Miguel Hernández, han sido la contundencia de su poesía, su vigencia y sobre todo su musicalidad las que me ha empujado a proponer una segunda entrega de sus versos hechos canciones, que, bajo el título de Hijo de la luz y de la sombra, supone una prolongación y también un complemento del trabajo que apareció en 1972.
Aventando sus versos, redondos y frescos como si hubieran sido escritos ayer y aquí, me uno a la celebración del centenario de su nacimiento y rindo un fraternal homenaje al poeta, al niño cabrero, al amigo desgajado, al amante exiliado, al padre huérfano, a la víctima de las cárceles de la dictadura, al hombre que cada vez que colgaba al sol los sueños, la vida le dejaba carbón, pero también me rindo homenaje a mí y a todos y cada uno de nosotros.
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'Más allá del mito',
por EUTIMIO MARTÍN
Emprender una biografia no es tarea fácil. El autor francés Pierre Assouline decía que el biógrafo es una mezcla de policía, soplón y barrendero. Esta fórmula es sin duda más llamativa que la subyacente, menos ingeniosa, pero de mayor propiedad: un biógrafo ha de reunir la triple condición de investigador, informador y archivista de documentos, orales y escritos.
El trabajo del biógrafo adquiere consistencia cuando acierta a describir el sentido de una vida. Esto es: si logra conseguir la unidad en la diversidad. Tratándose de Miguel Hernández, parece obvio que todo biógrafo ha de contestar a esta ineludible pregunta: ¿cómo el hijo de un cabrero analfabeto (el padre de Miguel Hernández es incapaz de firmar el certificado de matrimonio), sin haber podido ni siquiera terminar primero de bachillerato, llega a ser un poeta clásico de la literatura española del siglo XX? Y la respuesta se impone: precisamente porque no le dejaron terminar primero de bachillerato, el adolescente Miguel Hernández se insurge contra la imposición paterna (“de padre cabrero, hijos cabreros”) y, consciente de su valía intelectual, rubricada por la cosecha de dignidades en el colegio Santo Domingo, decide ejercer el oficio de poeta. En este irreversible propósito se reafirma cada vez que ha de pasar de largo con sus cabras, por delante de la puerta del colegio, abriéndose camino entre sus ex condiscípulos. Para más inri, las cabras se paran a frotarse el lomo contra el saledizo de la fachada.
El biógrafo va a vivir una vida ajena sobre la que tendrá que evitar la proyección de la suya propia. La impronta autobiográfica del biógrafo de Miguel Hernández es con frecuencia visible en el cariz político que imprime a su texto. Extrema derecha y extrema izquierda han marcado al poeta oriolano con su impronta. Por el lado comunista se destaca el “retrato lírico-vital” del paraguayo Elvio Romero. En Miguel Hernández. Destino y poesía (1958) implanta de manera imperecedera en la hagiografía hernandiana, la estrambótica escena final de un Hernández agonizante, arrastrándose “en medio de la soledad y el silencio” de la enfermería para escribir en la pared: “Adiós, hermanos, camaradas, amigos / despedidme del sol y de los trigos”. Y, como se le hace muy cuesta arriba para enriquecer la ejemplaridad comunista que Hernández no se alistara en las filas republicanas hasta septiembre de 1936, le inscribe en el Quinto Regimiento ya en el verano del 36, antes de irse el poeta a Orihuela.
En cuanto a la recuperación franquista del autor de Viento del pueblo sobresale la primera biografía publicada en España: Miguel Hernández, poeta (1958), obra del jefe de la sección de producción dramática de Radio Nacional de España Juan Guerrero Zamora, según el cual el poeta no fue franquista por ignorancia, ya que no vio “en los ideales de Franco esos mismos ideales de amor, de respeto, en suma: de justicia social que él tenía”. No podía ser por menos, puesto que Hernández “es un hombre radicalmente religioso y –por español– radicalmente cristiano”. En cuanto a su condena a muerte, remacha el clavo: “Fue por exacta justicia por lo que se penó su actuación como se penó”. Seria injusto no votar por la inclusión de Juan Guerrero Zamora en el Guinness de la indecencia intelectual.
De donde se deduce que el trabajo del biógrafo se complica con una ineludible tarea previa de descombro para alcanzar un mínimo de veracidad histórica. Se impone liberar al personaje de los prejuicios y tópicos que coartan, amputan o desfiguran su auténtica dimensión humana. Hay que evitar a toda costa la solución de la facilidad y librar combate contra los prejuicios facilitados a veces por el propio protagonista.
En nuestro caso, esta labor es ímproba. Ha sido el propio Miguel Hernández quien más ha contribuido a levantar el lastimero mito de la pobreza familiar. La identidad equívoca de “pastor de cabras” le sirve de tarjeta de visita debidamente confirmada por un atuendo que más corresponde a un look propagandístico que a una vestimenta consecuente. Lorca no le perdonará que le eclipse en las selectas reuniones del diplomático chileno Carlos Morla Lynch. Hasta la Guerra Civil española no deshará el equívoco: “Sí, soy pastor de cabras, pero de las cabras de mi padre”.
El hecho fue que no sufrió tanto penuria económica como miseria afectiva. Pasemos por alto el cruel desapego de un padre que no asistió a su entierro y que se limitó, como oración fúnebre, a un: “Él se lo ha buscado”. En cuanto pareja, Miguel y Josefina no reeditaron el idilio de Romeo y Julieta. Hernández era un hombre apasionado, con una carga de sensibilidad afectiva y erótica muy intensa. Su novia, víctima de una educación religiosa en extremo constrictiva, y de temperamento muy apocado, no podía corresponderle. Durante la guerra, apenas casados, se metió en casa tras el fallecimiento de su madre y ya no salió de ella. En la época carcelaria no fue a verlo mas que en Orihuela y Alicante. Y en su correspondencia no le ahorró preocupaciones y quejas, incluso de orden doméstico, hasta el punto de tener que recordarle el poeta que quien estaba en la cárcel era él. Es evidente que el asesinato del padre y el calvario del marido no le facilitaban la existencia. Posiblemente no resistió a una depresión crónica ocasionada por tan cruel adversidad. Pero Miguel encajaba difícilmente el hecho de que, a diferencia de sus compañeros de prisión, él no recibiera nunca, fuera de su tierra, la visita de su esposa. Es posible que no tardara Miguel en desengañarse respecto a su compañera. Apenas formalizado el noviazgo, rompió con Josefina cuando se le abrió la perspectiva de otra relación amorosa, y volvió con ella cuando no le quedó más remedio que dar satisfacción a su irreprimible deseo de paternidad.
Quizá el obstáculo mayor que ha de vencer todo biógrafo de Miguel Hernández que se respete sea el que han fabricado las fuerzas vivas intelectuales de Orihuela. No en balde, es la única municipalidad española que ha levantado un monumento al caudillo Francisco Franco tras su fallecimiento. Estos inconsolables huérfanos del dictador no pueden admitir que alguien, que ellos bien conocen, de tan baja extracción social y comunista por añadidura, haya podido escalar por sus propios medios un puesto tan destacado en la lírica española. De aquí la importancia decisiva absurdamente concedida a Ramón Sijé y al sacerdote Luis Almarcha, de quienes consideran hechura la fama de su paisano.
Ramón Sijé no merecía el grotesco trato laudatorio que le han infligido sus hagiógrafos consagrándole como mentor literario de Miguel Hernández para restarle relieve al autor de Viento del pueblo. Ofició eficazmente de padrino para que Perito en lunas tuviera acceso a la imprenta. Era lo que Hernández necesitaba, y le venían anchos los gurús literarios que han pretendido ser Sijé y Almarcha. El primero pensaba servirse del poeta como instrumento lírico para conseguir implantar una política de absurda teocracia. Pero le salió el tiro por la culata porque fue finalmente el amigo “con quien tanto quería” quien se aprovechó de él y lo dejó tirado cuando ya no le era de ninguna utilidad. El contacto con José Bergamín le separó de Ramón Sijé. Y la amistad con Pablo Neruda le alejó definitivamente. Los dos, Sijé y Hernández, hicieron lo imposible por lograr un desclasamiento social acorde con sus innegables dotes intelectuales. A Sijé le aterrorizaba la proletarización que acechaba a su familia, dada la ruina inminente del negocio familiar. A Hernández le repateaban las cabras. Pero Ramón Sijé murió agotado en el empeño, no sin antes haber embarcado a nuestro poeta en un catolicismo fascistoide en el que daba sopas con honda a José María Pemán. Miguel, en justo pago a la ayuda recibida, sacó a su amigo del anonimato elevándole al podio de una elegía antológica.
Respecto al canónigo Luis Almarcha nos parece desacertado convertirle en el chivo expiatorio del asesinato a fuego lento del poeta. No cabe la menor duda de que fue responsable tan importante personaje, aunque no fuera más que por omisión, del prolongado suplicio. Responsable, pero no culpable. Sobre la Iglesia católica en cuanto institución, a cuyo servicio oficiaba con ejemplar dedicación el vicario del obispado de Orihuela, ha de recaer stricto sensu la culpabilidad de la pasión y muerte de Miguel Hernández. Si la Iglesia, a través de su emblemático funcionario Luis Almarcha, consideró que Miguel Hernández había traicionado la confianza y ayuda que se le había dispensado, el agazapado, pero activo, tribunal del Santo Oficio no podía por menos de apoyar la sentencia de condena a muerte que en su lugar dictó y terminó por ejecutar el brazo secular.
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'El tiempo amarillo',
por LUIS GARCÍA MONTERO
En Llamo a los poetas,su mejor poema escrito en tiempos de guerra, Miguel Hernández se confiesa un ser solitario, necesitado de cariño. Su poesía nunca había apostado de manera profunda por el surrealismo, pero se siente amigo de Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, los autores de La destrucción o el amor y de Residencia en la tierra.
El año más feliz de la vida de Miguel Hernández fue 1937. Se puede afirmar con toda seguridad, aunque se trata de una afirmación grave, ya que hablamos de un tiempo de muerte y cañones. Pero en 1937 se casó, tuvo un hijo y, sobre todo, fue aplaudido como poeta, el poeta de la guerra, el poeta proletario, el poeta reconocido por la oficialidad, el pastor poeta que con “los cojones del alma” acude a la primera línea de fuego y después vuelve a descansar a su casa para convertir el vientre de su esposa en una “sementera” y cantar cuando “sus piernas implacables al parto van derechas”.
No tuvo suerte literaria Miguel Hernández. La mitología lo convirtió en el poeta de la Guerra Civil, y sus poemas de guerra están limitados por unas circunstancias difíciles. Todos los autores que escriben movidos por la urgencia, la solidaridad y las consignas suelen firmar poemas de poca calidad literaria, ejercicios retóricos, soflamas. Más que atender a los malos poemas generalizados, conviene buscar las rarezas de lo bueno. Rafael Alberti consiguió escribir unos cuantos poemas de primera calidad, casi siempre con temas de retaguardia, que son verdaderas flores de invierno.
Cuando la mitología convirtió a Miguel Hernández en el poeta de la guerra consiguió que su nombre se hiciera popular, que llegase a algunos aficionados, pero… Para qué vamos a engañarnos, su presencia ha sido muy débil entre las últimas generaciones de poetas españoles.
Por eso conviene defender la altísima calidad y la originalidad de sus dos obras maestras: El rayo que no cesa y Cancionero y romancero de ausencias. Miguel Hernández escribió mejor en la culpa y la necesidad que en el himno y la certeza. El desvalimiento sexual y la miseria afectiva consolidan la maestría formal de su carnívoro cuchillo y de su rayo amoroso. Y la culpa que siente por su comportamiento con Ramón Sijé le permite escribir una elegía de dolor desmesurado, pero íntimo. Después de militar con Sijé en el nacionalcatolicismo y de escribir poemas y obras de teatro pidiendo que los campesinos obedezcan a Dios y a los caciques, Hernández descubre que el mundo intelectual madrileño mira hacia otra dirección y cambia de opinión y de ambiciones. Al morir Sijé se siente un traidor y escribe un poema que conmueve. Pocas veces las exageraciones retóricas alcanzan una cota de sinceridad íntima.
Ocurrió lo mismo con el Cancionero y romancero de ausencias. En la cárcel no sólo se duele de la derrota, sino de la realidad de las guerras, las “tristes guerras”. Leal y militante, se revuelve contra los dogmas y la violencia. En un cuaderno escolar va copiando breves poemas escritos con dificultad, maravillosos poemas que suponen una renovación originalísima del neopopularismo que tanto habían utilizado Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27. Llena de nueva vida la canción. Este libro es una cima de la poesía, de la ética y de la militancia, una lección de actualidad.
Miguel Hernández escribió: “Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía”. Más allá del mito, creo que El rayo que no cesa y el Cancionero impedirán que el tiempo se ponga amarillo sobre la fotografía poética de Miguel Hernández. Baste el ejemplo de uno de los mejores libros de mi generación, Paseo de los tristes, de Javier Egea. En los años ochenta, Javier hermanó el Cancionero de Miguel Hernández con Las cenizas de Gramsci, de Pasolini, para intentar comprender lo que estaba pasando en España, lo que nos estaba pasando a nosotros.
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La vida breve de una leyenda
El poeta pastor. El místico, el sensual. El cronista en verso del frente. El comunista que antes fue católico. El despreciado, el desubicado. El desafortunado. En 2010 se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los poetas más importantes, simbólicos y enigmáticos del siglo XX español.
El poeta pastor. El místico, el sensual. El cronista en verso del frente. El comunista que antes fue católico. El despreciado, el desubicado. El desafortunado. En 2010 se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los poetas más importantes, simbólicos y enigmáticos del siglo XX español. Dos escritores, un político, un músico y el autor de su última biografía reflexionan en estas páginas sobre las distintas facetas de un creador tocado por la leyenda. Y tres poetas le rinden homenaje con nuevos poemas en exclusiva para ‘El País Semanal’.
POESÍA SOCIAL Por BENJAMíN PRADO
Lo mismo que inventar es comprender
algo que aún no existía
y traducir lo oscuro al lenguaje de la luz,
leer su corazón
fue soñar un idioma sin la palabra usura,
sin miseria, injusticia, desigualdad, prohibido...
sin palabras que fuesen el veneno en el agua,
y la sal en la herida.
Si otros querían vidas análogas a un mundo
en el que el generoso es rehén del ingrato
y el fuerte hace culpable de su violencia al débil
y el embustero acusa
al engañado de querer saber,
él hablaba de libertad,
banderas,
equilibrio y razón.
Si decían que nada es verdad para siempre,
que todo se transforma con decirlo al revés,
del modo en que el azar se hace la raza
o el líder el redil
o el animal la lámina,
Miguel les contestaba que era posible un mundo
en el que se pudiese cambiar de dirección
sin cambiar de sentido
–como aviva,
como oro,
como radar,
como ala–;
un mundo con respuestas, más allá del pasado,
en el que cada vida no pudiese encerrarse
en un solo destino.
Leías a Miguel y en el espejo
de sus poemas, ya se reflejaban
todos los nombres de sus asesinos.
CON SUS PALABRAS (Miguel Hernández) Por LUIS MUÑOZ
Dilo con tus palabras –pide
mientras que el autobús renquea
al emprender una subida.
Yo no sé –le responde–,
es como un nudo en medio
del esternón,
algo que no te deja libre
ni un momento,
un golpe sin destino
que si lo olvidas da, al poco rato,
mucho más fuerte.
Ahora con las suyas,
de uno de sus últimos poemas:
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES DEL TEMPLO Por ELENA MEDEL
Vidas de tres o cuatro años en cajas
de cartón: tanto entregué que conmigo se marcha.
Ni un vacío: vidas de tres o cuatro años,
sus siluetas marcando la pared.
Me libré de los templos. Sonreídme, decid
adiós al hueco: dadnos hoy
la boca que sople, apagando el volcán.
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Fotogalería: La vida de una leyenda
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Tributo a Miguel Hernández
Homenaje al genial escritor en el centenario de su nacimiento. Escriben: Antonio Muñoz Molina, Elena Medel, Luis Muñoz, Alfonso Guerra, Benjamín Prado, Joan Manuel Serrat, Eutimio Martín y Luis García Montero
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'Nacido para el luto',
por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
A Miguel Hernández todo le pasó en un tiempo muy breve, pero su vida es una larga cadena de esperas. Habría que sustraer, de los pocos años que vivió, todas las horas, los días, los meses que se pasó esperando algo, desesperando de que no llegara, enviando peticiones de ayuda a personas siempre mejor situadas que él que no tenían el tiempo o las ganas de contestar a sus demandas. Otros disfrutaban el resguardo de una posición social o de un privilegio literario o político: Miguel Hernández se supo siempre a la intemperie, en la paz y en la guerra, en la literatura y en la vida, en la cárcel y en la cercanía de la muerte. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando a que lo trasladaran a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez.
Escribía cartas y aguardaba respuestas con expectación angustiada: cartas a su novia, Josefina Manresa; cartas a los amigos, a los que pedía favores apremiantes, dinero prestado, influencias; cartas a los poetas célebres, a los que asediaba con una mezcla de orgullo insensato y tosco servilismo; cartas desde la cárcel, en los últimos años de su vida, solicitando avales políticos, gestos de clemencia, noticias sobre el hijo demasiado pequeño y demasiado frágil que tal vez acabaría teniendo el mismo destino del hijo anterior, muerto a los 10 meses, amortajado con los ojos abiertos, con el mismo gesto atónito que se le quedó a él mismo cuando velaban su cadáver: unos ojos muy grandes, desorbitados por la enfermedad de la tiroides, sobre cuyo color exacto no hay acuerdo entre los testimonios de quienes lo conocieron. Qué podemos saber de verdad sobre la vida de alguien que murió no hace tanto, en 1942, si los testigos ni siquiera concuerdan en el color de sus ojos: Miguel Hernández los tenía verdes y muy claros, o muy azules, resaltando más en su cara morena; o los tenía pardos, según dice uno de sus biógrafos, Eutimio Martín, aportando la prueba de su ficha militar y la de su filiación de prisionero.
Lo que atestiguan sin duda las fotografías es el tamaño y la expresión de los ojos, la atención fija en todo, la mirada de una desarmada franqueza que es todavía más visible en el dibujo que le hizo Antonio Buero Vallejo en la cárcel. Fue ese dibujo el que convirtió a Miguel Hernández no en un hombre real, sino en un icono reverenciado de algo, de muchas cosas, demasiadas, cuando lo veíamos reproducido en los pósters del antifranquismo, en nuestras galerías de retratos de la resistencia, junto a Lorca, junto a Antonio Machado, tal vez también junto a Salvador Allende, Che Guevara, Dolores Ibárruri. En ciertos bares, en ciertos pisos de estudiantes, la cara y la mirada de Miguel Hernández formaban parte de un paisaje visual que también incluía las reproducciones del Guernica. Era difícil pensar entonces que aquel retrato hubiera sido el de un hombre real, no un santo laico ni un mártir ni un símbolo, un hombre, además, que si hubiera vivido no sería entonces muy viejo, porque había nacido ya bien entrado el siglo, en 1910.
Estremece siempre hacer las cuentas de su edad: con 22 años hizo su primer viaje a Madrid y publicó su primer libro de poemas; no había cumplido 26 cuando logró por primera vez la maestría indudable de El rayo que no cesa; tres años después, la guerra ya perdida, entró por segunda vez en la cárcel y no volvió a salir de ella. Pero la rapidez de todo se vuelve más asombrosa cuando contrastamos la altura de sus logros mejores con su punto de partida. Hacia 1937, Miguel Hernández empezó a escribir poemas con una voz y un despojo que no se parecen a nada en la literatura española, y muy poco antes había alcanzado ya un dominio de lenguaje y de las formas poéticas en el que estaba comprimida por igual la disciplina de la tradición clásica y la libertad del surrealismo: pero sólo unos años atrás, a finales de los veinte, su horizonte poético era todavía el de la retórica averiada de los juegos florales, cuando no el todavía más horrendo de la poesía entre sentimental y rústica en dialecto comarcal, muy imitada, de Gabriel y Galán. El mismo hombre que publica en 1937 la Canción del esposo soldado había presentado en 1931 un Canto a Valencia a un concurso oficial en dicha provincia, en el que, bajo el lema Luz�Pájaros�Sol, se sucede una catarata de versos que incluye el siguiente pareado: Con emoción agarro?/ el musical guitarro.
Tenía desde que encontró su vocación, en la primera adolescencia, la desvergonzada capacidad de mimetismo de los grandes autodidactas, el amor agraviado por el saber de quien fue apartado demasiado pronto de la escuela. Una leyenda que él mismo se ocupó de alimentar ha exagerado la pobreza de sus orígenes, y contribuido fatalmente al malentendido paternalista y populista que hace de él un talento rústico, una especie de diamante en bruto. Es verdad que Miguel Hernández dejó la escuela a los 14 años y se puso a cuidar cabras, pero las cabras pertenecían a los rebaños de su padre, que era un hombre de cierta posición. Más que la pobreza, lo que debió de herirlo cuando tuvo que abandonar la escuela fue la vejación de verse a sí mismo pastoreando cabras mientras otros con menos inteligencia natural que él continuaban en las aulas; también la sinrazón de una brutal autoridad paterna que no por ser propia de la época era menos hiriente para su espíritu innato de rebeldía y de justicia. El padre despótico veía la luz encendida a altas horas de la noche en el cuarto del niño lector y lo castigaba a correazos y a patadas (20 años después su hijo estaba muriéndose de neumonía y tuberculosis en la prisión de Alicante y no se molestó en visitarlo).
Pero se marchaba el padre y Miguel Hernández volvía a encender la luz y recobraba el libro escondido, muy usado, alguno de los que encontraba en la biblioteca pública o en la de un sacerdote de Orihuela, el padre Almarcha, que empezó siendo su protector y fue luego uno de sus muchos verdugos. Leía de noche a la poca luz de una bombilla o de un candil, y cuando salía con las cabras llevaba el libro escondido en el zurrón y seguía leyendo, devorando toda la poesía española que encontraba, la buena y la mala, lector omnívoro a la manera de los autodidactas que no tienen más guía que su propio entusiasmo, originado quién sabe dónde. Nada de lo que a otros les estuvo siempre asegurado fue fácil para él: nada de lo más elemental, el papel, la pluma, la tinta, la mesa. Escribía versos en papel de estraza con un cabo de lápiz. Quería escribir y no tenía dónde apoyarse. Una piedra, el lomo de una cabra. Hay que leer sus poemas juveniles para darse cuenta de la penuria estética de la que partió, de la clase de talento y de furiosa voluntad que le fueron necesarios para sobreponerse a limitaciones invencibles. Entre la retórica mal digerida de la poesía barroca y de los atroces versificadores tardorrománticos y tardomodernistas, en esos poemas aparece un fogonazo de realidad observada de cerca, de naturaleza y vida animal y exasperación humana de soledad y deseo: Miguel Hernández, pastoreando cabras, copia laboriosamente los lugares comunes más decrépitos de la poesía pastoril, pero le sale de pronto una desvergüenza sexual campesina, una claridad expresiva que con el paso del tiempo será uno de los rasgos más originales de su voz poética, el arte supremo de hacer literatura llamando a las cosas por su nombre.
Tampoco tuvo vergüenza para medrar cuando le fue necesario: para cultivar un personaje que al despertar simpatías le beneficiaba en sus propósitos, pero también lo hacía vulnerable a la condescendencia, bienintencionada o malévola. Empezó jugando a ser el "pastor poeta" del primitivismo pintoresco, y en la sociedad literaria de Madrid en vísperas de la guerra siguió siendo, entre hijos de buena familia con inclinaciones izquierdistas, damas de sociedad y diplomáticos, el campesino moreno y exótico, el inocente y bondadoso que llevaba alpargatas y pantalón de pana que podía ser entrañable, pero no siempre era invitado a las reuniones de buen tono. Miguel Hernández, que persiguió con calculada adulación y sincero fervor a tantos de sus contemporáneos -la adulación y el fervor, en su caso, eran compatibles-, quizá no tuvo entre los literatos de Madrid ningún amigo de verdad salvo Vicente Aleixandre. En la intemperie de su vida había una soledad que no aliviaba nadie: Ya vosotros sabéis / lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo. / Andando voy, tan solos yo y mi sombra. Provocaba incomodidad, cuando no abierto rechazo. Rafael Alberti en verso y María Teresa León en prosa le atribuyen sin demasiados eufemismos un olor poco adecuado para las cercanía sociales. García Lorca no se presentaba en una casa si sabía que Miguel Hernández estaba en ella. Llamó por teléfono a Aleixandre con la intención de ir a visitarlo, y al enterarse de la presencia de Hernández no se contuvo: "Échalo".
De todo aquel grupo, sólo él conoció de primera mano el trabajo manual, sólo él pasó hambre al llegar a un Madrid en el que se le cerraban todas las puertas y en el que daba vueltas por las calles con el estómago vacío y con una carpeta de versos mecanografiados bajo el brazo, esperando a ser recibido por alguien importante, esperando a que apareciera en un periódico una entrevista prometida, a que le llegara un giro con algo de dinero que le permitiese prolongar un poco más la espera. Llegó la guerra y también fue él quien la conoció de cerca y de verdad, por decisión propia. Para entonces había empezado a disfrutar algo de lo tanto tiempo esperado, la visibilidad que le trajo la publicación de El rayo que no cesa, celebrado públicamente nada menos que por Juan Ramón Jiménez en el diario El Sol, lo cual equivalía a una consagración. En la guerra, Miguel Hernández entra en posesión de todas sus mejores facultades como poeta y como militante político, pero también en eso lo acompañan el malentendido y la leyenda, la dificultad de encajar en los estereotipos de nadie. Su evolución política no es menos chocante que la rapidez de su maduración literaria: en 1935 aún escribía poemas y conatos de autos sacramentales influidos por el catolicismo entre místico y fascista de su amigo Ramón Sijé; en septiembre de 1936 es miembro del Partido Comunista y cava trincheras recién alistado en el Quinto Regimiento. Pero tampoco cuadra, ni física ni metafóricamente, en la fotografía canónica de los poetas comprometidos con la causa republicana: vive con los soldados en los frentes, no en los despachos de la Alianza de Intelectuales. Y cuando en 1939 todo se derrumba, él se queda vagando en la intemperie de Madrid mientras casi todos los demás encuentran el camino del exilio. No hubo plaza en ningún avión ni pasaporte de última hora para quien había puesto su vida entera, su nombre y su literatura al servicio de la República; para quien no podría esperar clemencia de los vencedores ni tampoco esconderse en el anonimato.
Demasiado inocente o demasiado aturdido por la derrota, elige la peor huida posible y va a meterse él solo en la boca del lobo. Como Lorca buscando refugio en Granada, Miguel Hernández regresa con cabezonería suicida a su pueblo y a la cercanía de su mujer y su hijo, y en septiembre de 1939, ni siquiera con 29 años cumplidos, cae en la red de las cárceles y los procesos sumarísimos para no salir ya nunca. Nadie mejor que los paisanos y los convecinos de uno para abatirlo a traición con la quijada de Caín. El trato que recibe de los vencedores -civiles, militares, eclesiásticos- revela la catadura de un régimen construido expresamente sobre la venganza de clase. Miguel Hernández es el retrato robot del vencido, el enemigo perfecto.
Pero su martirio real no nos exime de la necesidad de mirar su figura completa como escritor y como hombre, que es mucho más rica que todos los estereotipos levantados sobre ella. Vivió en su tiempo, no en el nuestro. Hizo poemas a la Virgen María y también los hizo a Stalin. Cuando la cultura predominante en España era la antifranquista, Miguel Hernández fue elevado a un altar en el que convenía que destacara la parte más combativa de su obra, el estatuto de poeta voluntariamente popular que él asumió con todas las de la ley en los años de la guerra y que culmina en Vientos del pueblo; también, aunque en menor medida, en El hombre acecha, donde tan visible como la militancia política es el desaliento por la carnicería y la destrucción que ya duran demasiado, el puro espanto ante lo peor de la condición humana: Se ha retirado el campo / al ver abalanzarse / crispadamente al hombre.
Pero en la ansiosa modernidad de los años ochenta, de pronto, ya no había sitio para Miguel Hernández: los mismos rasgos que habían contribuido a su consagración ahora lo volvían anacrónico. En un país donde no hay actitud intelectual más celebrada que el desdén, nada era más fácil de repente que desdeñar a Miguel Hernández: había que ser cosmopolitas, y él resultaba demasiado autóctono; neuróticamente urbanos, y Hernández parecía demasiado rural; adictos a las modas capilares e indumentarias, y él permanecía congelado en su cabeza rapada y sus ropas de pana. En una época, los años ochenta, en la que estaba de moda despreciar con un mohín a Antonio Machado, Miguel Hernández tenía algo de antigualla embarazosa. No era un poeta: era una letra de canción anticuada.
Quizá ahora estamos en condiciones de mirarlo como fue y de leer de verdad su poesía, más allá de los pocos poemas que algunos recordamos todavía, los que se hicieron célebres en la resistencia y en la primera transición. El trabajo acumulado de los biógrafos -Agustín Sánchez Vidal, José Luis Ferris, Eutimio Martín- nos permite un conocimiento sólido de una vida demasiado breve y mucho más rica en pormenores y resonancias que cualquier estereotipo: la vida no de un inocente, ni de un buen salvaje exótico, ni la de un santo, sino la de un hombre que sobreponiéndose a circunstancias terribles logró hacer de sí mismo aquello que soñó desde que era un chaval pastoreando cabras: un poeta y un hombre en la plenitud de su albedrío.
En una literatura tan pudibunda y tan temerosa de lo sentimental como la española, él escribió sin reparo sobre el deseo sexual, sobre su ternura masculina de esposo y de padre. Su mejor poesía política conserva una fuerza de belleza y rebeldía que la hace muy superior a la de Neruda. Neruda no habría escrito jamás, por ejemplo, El tren de los heridos. Le faltaba empatía verdadera hacia los seres humanos, y no había compartido sus padecimientos. Neruda se declaró siempre maestro de Hernández, y sin duda lo fue en algún momento, pero yo tengo la sospecha de que el Canto General le debe a Vientos del pueblo mucho más de lo que el propio Neruda habría estado dispuesto a reconocer. En Miguel Hernández lo más íntimo y lo más político, la emoción privada y la arenga pública, se conjugan más estrechamente que en ningún otro poeta. Y en el Cancionero y romancero de ausencias, la hondura y el despojo provocan un estremecimiento que es el de las cimas más solitarias de la literatura, el del Libro de Job y las Coplas de Jorge Manrique y François Villon y Fray Luis de León y la Balada de la cárcel de Reading y Antonio Machado. Toda retórica ha sido abolida, todo rastro de amaneramiento. Los versos tienen a veces una impersonalidad desnuda de poesía popular, de letra flamenca o de romance antiguo; en ellos se nota la doble sombra triste de Machado y de Lorca, los otros dos poetas aniquilados por la guerra: Písame,/ que ya no me quejo./ Ódiame,/ que ya no lo siento./ No me olvides/ que aún te recuerdo/ debajo del plomo/que embarga mis huesos.
Demasiado viene durando ya la espera. Ahora que va a hacer un siglo que nació ha llegado el tiempo de leer a Miguel Hernández.
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'Inocencia y compromiso',
por ALFONSO GUERRA
La celebración del centenario del nacimiento de Miguel Hernández es ocasión propicia para animar a los jóvenes a leer a uno de los más grandes poetas en lengua castellana y para hacer una relectura fiel a los valores literarios del poeta.
El objetivo de lograr que Hernández se conozca se explica por la inmensa calidad y calidez de su obra y por un acto de justicia histórica, para no añadir una herida más, la del olvido, al hombre y al poeta que declamó: Con tres heridas yo/ la de la vida/ la de la muerte/ la del amor.
La lectura fiel, adecuada, de su obra es para desterrar el tópico de un Miguel Hernández cuya actuación política desmereció su calidad artística.
A lo largo de su vida, Miguel Hernández dio siempre pruebas de su inocencia y a la vez de su vocación comprometida. Sus inicios como poeta –escribe sus primeros versos a la edad de 15 años mientras pastorea las cabras de la familia– muestran su contemplación admirada del mundo que le rodea, riscos, arroyos y pájaros cantores.
Pronto cambiará el poeta los paisajes de Orihuela por la poesía gongorina –¿quería demostrar al universo poético madrileño y a sí mismo que él también podía escribir esa poesía culta?–. Mas no tardará el poeta en dedicar sus esfuerzos a una poesía religiosa que ha de tenerse como la mejor del género en la primera mitad del siglo XX.
Su segundo viaje a Madrid y, especialmente, su conocimiento de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre darán un giro a sus preocupaciones líricas. No rechazará su neocatolicismo, simplemente se le olvida la devoción: Me libré de los templos, sonreídme,/ donde me consumía con tristeza de lámpara/ encerrado en el poco aire de los sagrarios.
El conflicto de ausencia de Dios lo sustituye el poeta por la ausencia de la mujer amada. Miguel encuentra el amor, se enamora de Josefina y ya nada será igual, el amor deja de pertenecer al universo del pecado para franquear las puertas de la felicidad, del goce natural, de la naturaleza, volviendo así a su formación infantil en los campos: Salté al monte de donde procedo.
El libro de poemas amorosos El rayo que no cesa marcará una ruptura en la vida y la obra de Miguel. Aparece la pena del poeta, la pena de amor insatisfecho, la pena de tantos elementos espirituales con los que el joven poeta quiere marcar una cesura con su etapa de catolicismo; ya ha sentido la influencia de la poesía sin pureza de Pablo Neruda, y lo confiesa con su nítida claridad: Me llamo barro aunque Miguel me llame./ Barro es mi profesión y mi destino/ que mancha con su lengua cuanto lame.
Será el estallido de la guerra la circunstancia que señalará el compromiso de Miguel. Se alistará con pronta voluntad al Quinto Regimiento. Sin uso de las especiales condiciones que asistían a los intelectuales que apoyaron la República, marchará al frente como zapador sin tomar en consideración la oportunidad de la que otros disfrutaban de permanecer en la retaguardia, en el Palacio Heredia-Spínola, sede de la Alianza de los Intelectuales Antifascistas, donde estaban sus amigos poetas.
Mas lo que importa es cuál fue la evolución de su espíritu poético, qué cambios produce en la obra del poeta las circunstancias de la guerra. Miguel creará una nueva poética, dedicará sus versos a los soldados que defienden los valores republicanos. Escribirá poesía bélica, comprometida, con el objetivo de flagrar la lucha por la civilización de los soldados, para hacer resplandecer como fuego o llama la causa de la justicia. Publicará Viento del pueblo con un subtítulo que nos confirma cuál es la motivación de la obra: Poesía en guerra.
Durante años el poemario bélico de Miguel no fue aceptado por los especialistas y escritores. El prejuicio de considerar al rapsoda de guerra como el intelectual que acata las consignas políticas y las pone en verso les cegó, no supieron acceder a la profunda emoción que anidaba en la conciencia del poeta lo injusto de la guerra.
Hernández ejercita su compromiso político esgrimiendo la palabra pura, inocente, como un arma más, nos narra lo que ve y, sobre todo, lo que siente, en una práctica poética en primera persona que construye un espacio de quejas y bravuras, animando a los soldados fruto de vientres pobres a desquijarar leones para liberar a España de la invasión fascista.
La justicia de la historia ha ido transmutando las opiniones críticas acerca de tan serio y humano poemario. Así, en la década de los sesenta, José Manuel Caballero Bonald, sin temor ni prejuicio, afirmará: “Se trata de uno de los libros más emocionantes, limpios y fervorosos que ha producido la poesía española en la primera mitad del siglo XX”.
Y es que Miguel Hernández, cuando muestra su compromiso con la causa republicana en sus poemas no lo hace abdicando de su condición de poeta, de su oficio; concreta su compromiso con la palabra, con su bien decir, con su bien nombrar las cosas, ¿no es ésta la función de la poesía?
Para su canto épico Miguel no encontrará más verso que el romance, como idóneo canto narrativo, pero hará un romance subjetivo, en primera persona, en clave de biografía propia, con el que nos revela su función: Si yo salí de la tierra,/ si yo he nacido de un vientre/ desdichado y con pobreza,/ no fue sino para hacerme/ ruiseñor de las desdichas,/ eco de la mala suerte,/ y cantar y repetir/ a quien escucharme debe/ cuanto a penas, cuanto a pobres,/ cuanto a tierra se refiere.
El ruiseñor de las desdichas está aún más claramente aplicado a la contienda político-militar, en una prueba más de que su compromiso político no le separa de su inocencia poética, en el poema Vientos del pueblo me llevan: Cantando espero a la muerte,/ que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas.
Miguel es un ruiseñor que canta en medio de las batallas, un poeta que crea con la pureza del alma mientras suenan los obuses y se rompen las entrañas. Pues Miguel se sentía poeta, como confiesa en la dedicatoria del libro a Vicente Aleixandre: “A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres. (…) Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidos al pie de cada siglo”.
En cuanto a la militancia en organizaciones políticas sabemos que fue presidente de las Juventudes Socialistas de Orihuela, cargo que pronto abandonaría para mantenerse distante de la militancia política. Tras su muerte se habló con insistencia de su pertenencia durante la guerra al Partido Comunista, aunque tal circunstancia fue siempre negada por su esposa, pero ya en la década de los noventa se halló la ficha de afiliación de Hernández al Quinto Regimiento, en el que aparece como militante comunista. Es éste un dato claro, aunque algunos autores dudan de su veracidad debido a las irregulares circunstancias de los registros propios de la guerra.
El poeta comprometido sufriría algunos cambios en su actitud con los acontecimientos que se sucederían. Tras su visita a la URSS, María Zambrano explicó: “Fue a la vuelta de su viaje a la Unión Soviética cuando en Valencia, en las últimas veces que le vi, aparecía vuelto hacia dentro, enmudecido. Cualquier pregunta hubiese sido improcedente, ya que la respuesta era él, él mismo, a solas con aquello que dentro de su ser sucedía”.
Si desde el comienzo de la guerra en Miguel se produjo una lucha interior entre el deseo de libertad para su pueblo y su odio a la violencia y la muerte, será con la aproximación del final de la contienda, con la acumulación de la visión de tanta sangre y muerte y con la aparición de la consciencia de la derrota cuando afloren los más tiernos sentimientos de tristeza. En contraste, la noticia de la llegada de su hijo explosionará su vitalidad y deseos de futuro, cortados en la raíz con dos hechos cercanos en el tiempo que produjeron el deterioro del poeta, la derrota de los republicanos y la muerte de su hijo.
El poeta ético, moral, había entregado su fe y sometido a riesgo su vida por una causa noble en la que perdería todo lo que le hacía vibrar. Juan Ramón Jiménez, con su acritud habitual, salva a Miguel de sus críticas: “Los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel fue Miguel Hernández”.
Así fue considerado como el poeta del pueblo por los combatientes, argumento utilizado en su procesamiento cuando fue detenido, a pesar de que todos le aconsejaban que se marchase fuera del país y que él optara por buscar a su mujer y a su hijo en Cox, como “el más inocente y confiado de los muchachos” (Carmen Conde).
En la cárcel, gravemente enfermo, sin atención médica, se le dejará morir. Aún se intenta la renuncia de sus ideas a cambio de la libertad y la cura. Se le pide que manifieste haber sido engañado por los “enemigos de España”. ¿Fue tal vez un intento de compensar el gran impacto negativo para los vencedores del asesinato de Federico?
Miguel se niega en un acto de conjunción sublime de su inocencia y su compromiso, el de pensar que no habrían de ser tan perversos como para dejarlo morir en una celda inmunda por negarse a abjurar de sus ideas, y si así fuera cómo podría él romper su compromiso con lo que cree, con lo que alimenta su fe de ser humano que busca la verdad y la justicia. Inocencia y compromiso desde la inicial manifestación de su vocación poética hasta el borde del abismo de una muerte digna para el poeta e ignominiosa para sus no tan indirectos asesinos.
En el procedimiento sumarísimo de urgencia, incoado por la Auditoría de Guerra de Madrid, ninguna acusación de delito alguno se le hace a Miguel, salvo ser autor de algunos poemas que se citan, como la Canción del esposo soldado.
En su declaración el poeta confiesa que su obra recoge la labor que como escritor antifascista y al servicio de la causa del pueblo ha desarrollado durante la guerra, glorificando la causa roja y recomendando la resistencia a la invasión.
La sentencia considera probado que Miguel Hernández ha publicado numerosas poesías, crónicas y folletos y que ello constituye un delito de adhesión a la rebelión, por lo que se le condena a la pena de muerte.
Su actividad poética culmina en una actitud humana que confirma la inocencia y el compromiso de Miguel Hernández, uno de los más grandes poetas de la literatura española.
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'Versos para cantar',
por JOAN MANUEL SERRAT
No toda la poesía vale para ser cantada, ni todos los poetas sirven para escribir canciones.
Cierto que a todo se le puede poner música y que todo puede ser cantado, desde la guía telefónica hasta el manual de instrucciones de un lavavajillas, pero es dudoso que textos de este calado alcancen a conmover a un auditorio como se espera de una buena canción.
Por lo general y salvo excepciones, una buena letra de canción tiene una estructura, un ritmo, una rima, un murmullo que la mece y la transporta mansamente hasta el oído, donde un argumentario manejado con sensibilidad se encargará de acercarla al corazón.
Luego está la música, pero eso ya es otro cantar.
No toda la poesía vale para ser cantada, ni todos los poetas sirven para escribir canciones.
A lo largo de más de cuarenta años de dedicarme a este oficio y de haberlo intentando de maneras varias, incluyendo tentativas de colaboración con plumas contrastadas y brillantes, en alguna ocasión me sorprendió la simpleza de los textos con la que algún reconocido hombre de letras respondió a mis requerimientos de escribir canciones en complicidad. Quizá el vate, convencido de antemano de que la canción popular no pasa de ser un arte menor mas cercano al alfarero que al escultor, cayó en el pecado que denunciaba Antonio Machado: despreciar cuanto se ignora, aunque también cabe la posibilidad de que el buen hombre no supiera hacerlo mejor. Bien sea por lo uno o por lo otro, mi experiencia me reafirma en que de la misma manera que detrás de un buen autor de canciones no hay necesariamente un buen poeta, tampoco al revés o viceversa.
Afortunadamente, también existen García Lorca y Rafael de León y Manolo Vázquez Montalbán y Mario Benedetti, por citar algunos magníficos letristas de canciones por derecho y, al tiempo, buenos poetas como muestra de que entre poesía y canción no media una frontera clara.
A este grupo de poetas manifiestamente musicales corresponde Miguel Hernández. Versos de rima clara y cadencioso ritmo que vienen de fábrica con la música puesta. Poesía escrita para ser cantada.
La mejor prueba de ello es que somos muchos los que con más o menos acierto, con mayor o menor fortuna, nos hemos atrevido a musicar y cantar sus versos, y diría yo que con el beneplácito del autor.
No me parece a mí que se le hubieran caído los anillos escuchando sus versos hechos canción a quien en el prólogo de Viento del pueblo insiste en que los poetas debían estar en el aire y pasar soplados a través de todos los poros. Probablemente no hubiese estado de acuerdo con muchas de las músicas con las que unos y otros hemos envuelto sus poemas, pero sin duda no le hubiera resultado ajena la peripecia.
De hecho, en vida del poeta, Lan Adomian, judío neoyorquino nacido en Ucrania integrante de la Brigada Lincoln, les puso música a algunos de sus poemas con su visto bueno y activa complicidad, y se sabe que trabajó en un himno oficial para la II República que debería haber sustituido al de Riego.
Si no le hubiera gustado que sus poemas olieran a canción, no existiría una Canción del esposo soldado, ni una Canción primera, ni una Canción última.
Titular un libro como: Cancionero y romancero de ausencias indica claramente que concebía esos versos como algo coral, musical y compartido.
Buena parte de sus obras de teatro incluyen pasajes explícitamente escritos como canciones en los que, junto a otras acotaciones, se indican los instrumentos que debían acompañarlos y donde coros como los de vendimiadoras y vendimiadores de El labrador de más aire recuerdan a los que suelen gastarse en las zarzuelas.
Otro ejemplo son las conocidas Nanas de la cebolla, escritas como seguidillas y que envía a su mujer diciéndole: “Ahí te mando coplillas.
Quien ensayó todo un abanico poético, desde la octava real hasta el soneto y el alejandrino, termina apostando por canciones al modo popular.
Como Miguel Hernández, creo en el placer de cantar, de cantar por el gusto de cantar, así como también creo que la canción es un buen modo de difundir la voz de los poetas, aunque confieso que ésa no ha sido nunca la razón que me ha movido a ponerles música. Si algo me ha llevado a hacerlo ha sido el descubrir en versos ajenos aquello que yo quería decir y de la manera en que el otro lo dijo. El resultado de toparme con versos que cantan y que me hicieron cantar con ellos.
Es difícil sustraerse a la simpatía que genera ese hombre que, como dice José Agustín Goytisolo: “Nace, escribe, muere desamparado”, pero, por encima del cariño a la persona y al ideario de Miguel Hernández, han sido la contundencia de su poesía, su vigencia y sobre todo su musicalidad las que me ha empujado a proponer una segunda entrega de sus versos hechos canciones, que, bajo el título de Hijo de la luz y de la sombra, supone una prolongación y también un complemento del trabajo que apareció en 1972.
Aventando sus versos, redondos y frescos como si hubieran sido escritos ayer y aquí, me uno a la celebración del centenario de su nacimiento y rindo un fraternal homenaje al poeta, al niño cabrero, al amigo desgajado, al amante exiliado, al padre huérfano, a la víctima de las cárceles de la dictadura, al hombre que cada vez que colgaba al sol los sueños, la vida le dejaba carbón, pero también me rindo homenaje a mí y a todos y cada uno de nosotros.
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'Más allá del mito',
por EUTIMIO MARTÍN
Emprender una biografia no es tarea fácil. El autor francés Pierre Assouline decía que el biógrafo es una mezcla de policía, soplón y barrendero. Esta fórmula es sin duda más llamativa que la subyacente, menos ingeniosa, pero de mayor propiedad: un biógrafo ha de reunir la triple condición de investigador, informador y archivista de documentos, orales y escritos.
El trabajo del biógrafo adquiere consistencia cuando acierta a describir el sentido de una vida. Esto es: si logra conseguir la unidad en la diversidad. Tratándose de Miguel Hernández, parece obvio que todo biógrafo ha de contestar a esta ineludible pregunta: ¿cómo el hijo de un cabrero analfabeto (el padre de Miguel Hernández es incapaz de firmar el certificado de matrimonio), sin haber podido ni siquiera terminar primero de bachillerato, llega a ser un poeta clásico de la literatura española del siglo XX? Y la respuesta se impone: precisamente porque no le dejaron terminar primero de bachillerato, el adolescente Miguel Hernández se insurge contra la imposición paterna (“de padre cabrero, hijos cabreros”) y, consciente de su valía intelectual, rubricada por la cosecha de dignidades en el colegio Santo Domingo, decide ejercer el oficio de poeta. En este irreversible propósito se reafirma cada vez que ha de pasar de largo con sus cabras, por delante de la puerta del colegio, abriéndose camino entre sus ex condiscípulos. Para más inri, las cabras se paran a frotarse el lomo contra el saledizo de la fachada.
El biógrafo va a vivir una vida ajena sobre la que tendrá que evitar la proyección de la suya propia. La impronta autobiográfica del biógrafo de Miguel Hernández es con frecuencia visible en el cariz político que imprime a su texto. Extrema derecha y extrema izquierda han marcado al poeta oriolano con su impronta. Por el lado comunista se destaca el “retrato lírico-vital” del paraguayo Elvio Romero. En Miguel Hernández. Destino y poesía (1958) implanta de manera imperecedera en la hagiografía hernandiana, la estrambótica escena final de un Hernández agonizante, arrastrándose “en medio de la soledad y el silencio” de la enfermería para escribir en la pared: “Adiós, hermanos, camaradas, amigos / despedidme del sol y de los trigos”. Y, como se le hace muy cuesta arriba para enriquecer la ejemplaridad comunista que Hernández no se alistara en las filas republicanas hasta septiembre de 1936, le inscribe en el Quinto Regimiento ya en el verano del 36, antes de irse el poeta a Orihuela.
En cuanto a la recuperación franquista del autor de Viento del pueblo sobresale la primera biografía publicada en España: Miguel Hernández, poeta (1958), obra del jefe de la sección de producción dramática de Radio Nacional de España Juan Guerrero Zamora, según el cual el poeta no fue franquista por ignorancia, ya que no vio “en los ideales de Franco esos mismos ideales de amor, de respeto, en suma: de justicia social que él tenía”. No podía ser por menos, puesto que Hernández “es un hombre radicalmente religioso y –por español– radicalmente cristiano”. En cuanto a su condena a muerte, remacha el clavo: “Fue por exacta justicia por lo que se penó su actuación como se penó”. Seria injusto no votar por la inclusión de Juan Guerrero Zamora en el Guinness de la indecencia intelectual.
De donde se deduce que el trabajo del biógrafo se complica con una ineludible tarea previa de descombro para alcanzar un mínimo de veracidad histórica. Se impone liberar al personaje de los prejuicios y tópicos que coartan, amputan o desfiguran su auténtica dimensión humana. Hay que evitar a toda costa la solución de la facilidad y librar combate contra los prejuicios facilitados a veces por el propio protagonista.
En nuestro caso, esta labor es ímproba. Ha sido el propio Miguel Hernández quien más ha contribuido a levantar el lastimero mito de la pobreza familiar. La identidad equívoca de “pastor de cabras” le sirve de tarjeta de visita debidamente confirmada por un atuendo que más corresponde a un look propagandístico que a una vestimenta consecuente. Lorca no le perdonará que le eclipse en las selectas reuniones del diplomático chileno Carlos Morla Lynch. Hasta la Guerra Civil española no deshará el equívoco: “Sí, soy pastor de cabras, pero de las cabras de mi padre”.
El hecho fue que no sufrió tanto penuria económica como miseria afectiva. Pasemos por alto el cruel desapego de un padre que no asistió a su entierro y que se limitó, como oración fúnebre, a un: “Él se lo ha buscado”. En cuanto pareja, Miguel y Josefina no reeditaron el idilio de Romeo y Julieta. Hernández era un hombre apasionado, con una carga de sensibilidad afectiva y erótica muy intensa. Su novia, víctima de una educación religiosa en extremo constrictiva, y de temperamento muy apocado, no podía corresponderle. Durante la guerra, apenas casados, se metió en casa tras el fallecimiento de su madre y ya no salió de ella. En la época carcelaria no fue a verlo mas que en Orihuela y Alicante. Y en su correspondencia no le ahorró preocupaciones y quejas, incluso de orden doméstico, hasta el punto de tener que recordarle el poeta que quien estaba en la cárcel era él. Es evidente que el asesinato del padre y el calvario del marido no le facilitaban la existencia. Posiblemente no resistió a una depresión crónica ocasionada por tan cruel adversidad. Pero Miguel encajaba difícilmente el hecho de que, a diferencia de sus compañeros de prisión, él no recibiera nunca, fuera de su tierra, la visita de su esposa. Es posible que no tardara Miguel en desengañarse respecto a su compañera. Apenas formalizado el noviazgo, rompió con Josefina cuando se le abrió la perspectiva de otra relación amorosa, y volvió con ella cuando no le quedó más remedio que dar satisfacción a su irreprimible deseo de paternidad.
Quizá el obstáculo mayor que ha de vencer todo biógrafo de Miguel Hernández que se respete sea el que han fabricado las fuerzas vivas intelectuales de Orihuela. No en balde, es la única municipalidad española que ha levantado un monumento al caudillo Francisco Franco tras su fallecimiento. Estos inconsolables huérfanos del dictador no pueden admitir que alguien, que ellos bien conocen, de tan baja extracción social y comunista por añadidura, haya podido escalar por sus propios medios un puesto tan destacado en la lírica española. De aquí la importancia decisiva absurdamente concedida a Ramón Sijé y al sacerdote Luis Almarcha, de quienes consideran hechura la fama de su paisano.
Ramón Sijé no merecía el grotesco trato laudatorio que le han infligido sus hagiógrafos consagrándole como mentor literario de Miguel Hernández para restarle relieve al autor de Viento del pueblo. Ofició eficazmente de padrino para que Perito en lunas tuviera acceso a la imprenta. Era lo que Hernández necesitaba, y le venían anchos los gurús literarios que han pretendido ser Sijé y Almarcha. El primero pensaba servirse del poeta como instrumento lírico para conseguir implantar una política de absurda teocracia. Pero le salió el tiro por la culata porque fue finalmente el amigo “con quien tanto quería” quien se aprovechó de él y lo dejó tirado cuando ya no le era de ninguna utilidad. El contacto con José Bergamín le separó de Ramón Sijé. Y la amistad con Pablo Neruda le alejó definitivamente. Los dos, Sijé y Hernández, hicieron lo imposible por lograr un desclasamiento social acorde con sus innegables dotes intelectuales. A Sijé le aterrorizaba la proletarización que acechaba a su familia, dada la ruina inminente del negocio familiar. A Hernández le repateaban las cabras. Pero Ramón Sijé murió agotado en el empeño, no sin antes haber embarcado a nuestro poeta en un catolicismo fascistoide en el que daba sopas con honda a José María Pemán. Miguel, en justo pago a la ayuda recibida, sacó a su amigo del anonimato elevándole al podio de una elegía antológica.
Respecto al canónigo Luis Almarcha nos parece desacertado convertirle en el chivo expiatorio del asesinato a fuego lento del poeta. No cabe la menor duda de que fue responsable tan importante personaje, aunque no fuera más que por omisión, del prolongado suplicio. Responsable, pero no culpable. Sobre la Iglesia católica en cuanto institución, a cuyo servicio oficiaba con ejemplar dedicación el vicario del obispado de Orihuela, ha de recaer stricto sensu la culpabilidad de la pasión y muerte de Miguel Hernández. Si la Iglesia, a través de su emblemático funcionario Luis Almarcha, consideró que Miguel Hernández había traicionado la confianza y ayuda que se le había dispensado, el agazapado, pero activo, tribunal del Santo Oficio no podía por menos de apoyar la sentencia de condena a muerte que en su lugar dictó y terminó por ejecutar el brazo secular.
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'El tiempo amarillo',
por LUIS GARCÍA MONTERO
En Llamo a los poetas,su mejor poema escrito en tiempos de guerra, Miguel Hernández se confiesa un ser solitario, necesitado de cariño. Su poesía nunca había apostado de manera profunda por el surrealismo, pero se siente amigo de Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, los autores de La destrucción o el amor y de Residencia en la tierra.
El año más feliz de la vida de Miguel Hernández fue 1937. Se puede afirmar con toda seguridad, aunque se trata de una afirmación grave, ya que hablamos de un tiempo de muerte y cañones. Pero en 1937 se casó, tuvo un hijo y, sobre todo, fue aplaudido como poeta, el poeta de la guerra, el poeta proletario, el poeta reconocido por la oficialidad, el pastor poeta que con “los cojones del alma” acude a la primera línea de fuego y después vuelve a descansar a su casa para convertir el vientre de su esposa en una “sementera” y cantar cuando “sus piernas implacables al parto van derechas”.
No tuvo suerte literaria Miguel Hernández. La mitología lo convirtió en el poeta de la Guerra Civil, y sus poemas de guerra están limitados por unas circunstancias difíciles. Todos los autores que escriben movidos por la urgencia, la solidaridad y las consignas suelen firmar poemas de poca calidad literaria, ejercicios retóricos, soflamas. Más que atender a los malos poemas generalizados, conviene buscar las rarezas de lo bueno. Rafael Alberti consiguió escribir unos cuantos poemas de primera calidad, casi siempre con temas de retaguardia, que son verdaderas flores de invierno.
Cuando la mitología convirtió a Miguel Hernández en el poeta de la guerra consiguió que su nombre se hiciera popular, que llegase a algunos aficionados, pero… Para qué vamos a engañarnos, su presencia ha sido muy débil entre las últimas generaciones de poetas españoles.
Por eso conviene defender la altísima calidad y la originalidad de sus dos obras maestras: El rayo que no cesa y Cancionero y romancero de ausencias. Miguel Hernández escribió mejor en la culpa y la necesidad que en el himno y la certeza. El desvalimiento sexual y la miseria afectiva consolidan la maestría formal de su carnívoro cuchillo y de su rayo amoroso. Y la culpa que siente por su comportamiento con Ramón Sijé le permite escribir una elegía de dolor desmesurado, pero íntimo. Después de militar con Sijé en el nacionalcatolicismo y de escribir poemas y obras de teatro pidiendo que los campesinos obedezcan a Dios y a los caciques, Hernández descubre que el mundo intelectual madrileño mira hacia otra dirección y cambia de opinión y de ambiciones. Al morir Sijé se siente un traidor y escribe un poema que conmueve. Pocas veces las exageraciones retóricas alcanzan una cota de sinceridad íntima.
Ocurrió lo mismo con el Cancionero y romancero de ausencias. En la cárcel no sólo se duele de la derrota, sino de la realidad de las guerras, las “tristes guerras”. Leal y militante, se revuelve contra los dogmas y la violencia. En un cuaderno escolar va copiando breves poemas escritos con dificultad, maravillosos poemas que suponen una renovación originalísima del neopopularismo que tanto habían utilizado Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27. Llena de nueva vida la canción. Este libro es una cima de la poesía, de la ética y de la militancia, una lección de actualidad.
Miguel Hernández escribió: “Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía”. Más allá del mito, creo que El rayo que no cesa y el Cancionero impedirán que el tiempo se ponga amarillo sobre la fotografía poética de Miguel Hernández. Baste el ejemplo de uno de los mejores libros de mi generación, Paseo de los tristes, de Javier Egea. En los años ochenta, Javier hermanó el Cancionero de Miguel Hernández con Las cenizas de Gramsci, de Pasolini, para intentar comprender lo que estaba pasando en España, lo que nos estaba pasando a nosotros.
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La vida breve de una leyenda
El poeta pastor. El místico, el sensual. El cronista en verso del frente. El comunista que antes fue católico. El despreciado, el desubicado. El desafortunado. En 2010 se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los poetas más importantes, simbólicos y enigmáticos del siglo XX español.
El poeta pastor. El místico, el sensual. El cronista en verso del frente. El comunista que antes fue católico. El despreciado, el desubicado. El desafortunado. En 2010 se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los poetas más importantes, simbólicos y enigmáticos del siglo XX español. Dos escritores, un político, un músico y el autor de su última biografía reflexionan en estas páginas sobre las distintas facetas de un creador tocado por la leyenda. Y tres poetas le rinden homenaje con nuevos poemas en exclusiva para ‘El País Semanal’.
POESÍA SOCIAL Por BENJAMíN PRADO
Lo mismo que inventar es comprender
algo que aún no existía
y traducir lo oscuro al lenguaje de la luz,
leer su corazón
fue soñar un idioma sin la palabra usura,
sin miseria, injusticia, desigualdad, prohibido...
sin palabras que fuesen el veneno en el agua,
y la sal en la herida.
Si otros querían vidas análogas a un mundo
en el que el generoso es rehén del ingrato
y el fuerte hace culpable de su violencia al débil
y el embustero acusa
al engañado de querer saber,
él hablaba de libertad,
banderas,
equilibrio y razón.
Si decían que nada es verdad para siempre,
que todo se transforma con decirlo al revés,
del modo en que el azar se hace la raza
o el líder el redil
o el animal la lámina,
Miguel les contestaba que era posible un mundo
en el que se pudiese cambiar de dirección
sin cambiar de sentido
–como aviva,
como oro,
como radar,
como ala–;
un mundo con respuestas, más allá del pasado,
en el que cada vida no pudiese encerrarse
en un solo destino.
Leías a Miguel y en el espejo
de sus poemas, ya se reflejaban
todos los nombres de sus asesinos.
CON SUS PALABRAS (Miguel Hernández) Por LUIS MUÑOZ
Dilo con tus palabras –pide
mientras que el autobús renquea
al emprender una subida.
Yo no sé –le responde–,
es como un nudo en medio
del esternón,
algo que no te deja libre
ni un momento,
un golpe sin destino
que si lo olvidas da, al poco rato,
mucho más fuerte.
Ahora con las suyas,
de uno de sus últimos poemas:
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES DEL TEMPLO Por ELENA MEDEL
Vidas de tres o cuatro años en cajas
de cartón: tanto entregué que conmigo se marcha.
Ni un vacío: vidas de tres o cuatro años,
sus siluetas marcando la pared.
Me libré de los templos. Sonreídme, decid
adiós al hueco: dadnos hoy
la boca que sople, apagando el volcán.
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Fotogalería: La vida de una leyenda
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Etiquetas:
El País,
Miguel Hernández
viernes 5 de marzo de 2010
HOMENAJE A LOS DESAPARECIDOS DEL FRANQUISMO. Arucas.
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HOMENAJE A LOS DESAPARECIDOS DEL FRANQUISMO.
Balbina Sosa, vicepresidenta de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas, explicó en el programa La Trapera de Radio San Borondón los actos que la asociación ha organizado a modo de homenaje a los desaparecidos del franquismo entre el 15 y 20 de marzo con fin también de enterrar dignamente a los 24 ciudadanos que fueron asesinados por la barbarie fascista por defender la democracia, así como para homenajear a todas las víctimas de la represión.
Balbina Sosa explicó que como cada año, la asociación realiza un homenaje a los desaparecidos del franquismo, pero avanza que este año es muy especial porque además de las conferencias en el salón del mercado de Arucas y que empezarán el próximo 15 de marzo y que por espacio de cuatro días se realizarán hasta el día 19 de marzo, incluye una novedad, que no es otra que el enterramiento de los restos de los 24 cadáveres exhumados de ciudadanos desaparecidos por la represión en el Pozo Llanos de las Brujas, y que tendrá lugar el 20 de este mes.
Recuerda que en 2009 se realizó una intervención arqueológica en el interior del Pozo del Llano de las Brujas, ubicado en Montaña Blanca (Arucas), para proceder a la recuperación de restos humanos pertenecientes a personas desaparecidas en dicho municipio durante la represión franquista.
Señala que tiene sensaciones encontradas ante esta celebración, puesto que al tiempo que desea que llegue el momento, siente al mismo tiempo muchísima emoción, puesto que con este acto que se va a desarrollar en Arucas se pretende despedir como se merecen los desaparecidos.
Junto con las conferencias, se realizará una exposición de 24 paneles de la Asociación sobre los pozos del olvido y que contará además este año con la exposición de los materiales que se encontraron durante los trabajos de exhumación de los cadáveres, desde objetos personales de los desaparecidos, a balas y materiales utilizados para acabar con la vida de estas personas que murieron injustamente ajusticiados por defender sus ideales.
La emotividad es la característica que definiría en estos días la sensación que abunda a los miembros de la Asociación, puesto que se trata de un momento deseado y esperado desde hace muchos años, poder dar sepultura digna a los familiares desaparecidos, explica Sosa, quien relata emocionada que allí se darán cita los familiares de las personas ajusticiadas por el franquismo, pero es consciente de que habrá una gran representación del pueblo porque se trata de un tema muy sensible para el municipio.
Asegura que los crímenes fueron perpetrados en el marco de prácticas represivas incitadas por los militares golpistas y dirigidas contra el movimiento obrero y sus organizaciones, algo que queda patente tras ser exhumados los restos de 24 personas que presentaban evidentes signos de violencia, tales como lesiones ocasionadas por disparos con armas de fuego.
En definitiva, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas convoca a los familiares y a la ciudadanía en general al acto civil, público y laico en homenaje a los demócratas asesinados en 1937 en Arucas por la barbarie fascista, cuyos cuerpos fueron exhumados recientemente del Pozo del Llano de las Brujas y que serán trasladados a partir de las 11:00 horas desde la Plaza de la Constitución de Arucas (antiguo Ayuntamiento) al cementerio municipal, donde serán dignamente sepultados bajo la única bandera que les unió y por la que perdieron sus vidas.
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HOMENAJE A LOS DESAPARECIDOS DEL FRANQUISMO.
Balbina Sosa, vicepresidenta de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas, explicó en el programa La Trapera de Radio San Borondón los actos que la asociación ha organizado a modo de homenaje a los desaparecidos del franquismo entre el 15 y 20 de marzo con fin también de enterrar dignamente a los 24 ciudadanos que fueron asesinados por la barbarie fascista por defender la democracia, así como para homenajear a todas las víctimas de la represión.
Balbina Sosa explicó que como cada año, la asociación realiza un homenaje a los desaparecidos del franquismo, pero avanza que este año es muy especial porque además de las conferencias en el salón del mercado de Arucas y que empezarán el próximo 15 de marzo y que por espacio de cuatro días se realizarán hasta el día 19 de marzo, incluye una novedad, que no es otra que el enterramiento de los restos de los 24 cadáveres exhumados de ciudadanos desaparecidos por la represión en el Pozo Llanos de las Brujas, y que tendrá lugar el 20 de este mes.
Recuerda que en 2009 se realizó una intervención arqueológica en el interior del Pozo del Llano de las Brujas, ubicado en Montaña Blanca (Arucas), para proceder a la recuperación de restos humanos pertenecientes a personas desaparecidas en dicho municipio durante la represión franquista.
Señala que tiene sensaciones encontradas ante esta celebración, puesto que al tiempo que desea que llegue el momento, siente al mismo tiempo muchísima emoción, puesto que con este acto que se va a desarrollar en Arucas se pretende despedir como se merecen los desaparecidos.
Junto con las conferencias, se realizará una exposición de 24 paneles de la Asociación sobre los pozos del olvido y que contará además este año con la exposición de los materiales que se encontraron durante los trabajos de exhumación de los cadáveres, desde objetos personales de los desaparecidos, a balas y materiales utilizados para acabar con la vida de estas personas que murieron injustamente ajusticiados por defender sus ideales.
La emotividad es la característica que definiría en estos días la sensación que abunda a los miembros de la Asociación, puesto que se trata de un momento deseado y esperado desde hace muchos años, poder dar sepultura digna a los familiares desaparecidos, explica Sosa, quien relata emocionada que allí se darán cita los familiares de las personas ajusticiadas por el franquismo, pero es consciente de que habrá una gran representación del pueblo porque se trata de un tema muy sensible para el municipio.
Asegura que los crímenes fueron perpetrados en el marco de prácticas represivas incitadas por los militares golpistas y dirigidas contra el movimiento obrero y sus organizaciones, algo que queda patente tras ser exhumados los restos de 24 personas que presentaban evidentes signos de violencia, tales como lesiones ocasionadas por disparos con armas de fuego.
En definitiva, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas convoca a los familiares y a la ciudadanía en general al acto civil, público y laico en homenaje a los demócratas asesinados en 1937 en Arucas por la barbarie fascista, cuyos cuerpos fueron exhumados recientemente del Pozo del Llano de las Brujas y que serán trasladados a partir de las 11:00 horas desde la Plaza de la Constitución de Arucas (antiguo Ayuntamiento) al cementerio municipal, donde serán dignamente sepultados bajo la única bandera que les unió y por la que perdieron sus vidas.
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